CRÓNICAS DE VIAJES: La última crónica.



La última crónica: la tecnología moderna, sus bemoles y sostenidos y otras anécdotas que pueden ser útiles.

 

“¿Por qué esta magnifica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida más fácil nos aporta tan poca felicidad? La respuesta es esta, simplemente: porque aún no hemos aprendido a usarla con acierto.”

                                                                              Albert Einstein
                                                                              

Muchos años han pasado desde el último embarque formal y desde entonces no puedo evitar la nostalgia que provocan los recuerdos de los viajes, al punto tal que siento rechazo de ver las fotos que tomé por aquellos tiempos, apiladas en parte hoy en una gran caja y otra parte en algún álbum. Tampoco puedo evitar la reflexión que promueven esos misterios de la vida donde uno se pregunta si lo que decidió estuvo bien o mal, vaya a saber....Pero mi opción por la docencia fue muy clara, o mejor diría, por tratar de asentarme en tierra firme Tanto como la que hizo el joven Francisco, aquel hijo de ricos mercaderes de Asís, que abandonando el buen pasar de su familia se dedicó a una vida incierta de monje mendicante. En mi caso, o navegaba o era docente, y las dos cosas juntas no las podía hacer. La primera significa buenas ganancias económicas cuando el trabajo es constante; la segunda es mucho más modesta, pero uno planifica mejor su vida. Opté por la segunda.

Mirando hacia atrás veo que hoy la navegación dejó de ser anecdótica y eso me consuela un poco: ya no se baja el Sol al horizonte con el sextante, ni se hace un “corte de estrellas” para saber la posición, ni se marcan faros, ni se hacen estimas. Hoy la información necesaria para situar la nave se obtiene del GPS, tan solo hay que mirar una pantalla. Los  movimientos de otros buques se conocen gracias al radar con sistema ARPA, mas cosas surgen de software informáticos, ingeniosos aparatitos electrónicos o satelitales ideales para hacer más segura la travesía pero también para tarar las mentes de los navegantes hasta desprofesionalizarlos casi por completo. Mirar pantallas es todo un vicio que tiende a ser endémico: que el GPS, que el plotter, que el radar, que la compu, y nada de mirar el basto espacio  en que estamos inmersos y en el que navega el buque en el que estamos.  Presumo que con el tiempo, el conocimiento astronómico de posicionamiento y orientación, del cual agrimensores y marinos fuimos tradicionales custodios patrimoniales, va a perderse definitivamente para siempre; es terrible. Hasta yo mismo he confeccionado algunos programas computarizados; lo hice por necesidad, para lograr un acuerdo entre lo clásico y lo moderno. Me siento como Aarón, el hermano de Moisés, obligado a fabricar un ídolo recubierto de oro para calmar a las multitudes demandantes de soluciones prácticas. Es que abordo ya no se dispone de pínulas, tablas náuticas, ni discos identificadores de estrellas, porque ahora todo es satelital. Esos materiales se asemejan mucho a la baliza triangular y el bomberito que todo automovilista debe llevar por las dudas y que espera no tener que usarlos. Y si los tiene que usar ¿qué? . Se reciben datos de un sistema y listo. Pero bien, yo estoy de acuerdo que los ingenios  modernos mejoran la precisión, aumentan la seguridad, ahorran esfuerzo y un montón de virtudes más. Pero me pregunto: la información que de ellos estoy recibiendo ¿es la correcta? Cuando en el Santa Inés instalaron el equipo satelital, el Capitán ordenó controlarlo efectuando las observaciones convencionales de rutina. Así navegando por uno de los lugares más complejos del mundo: el Canal de la Mancha, puerta de entrada a todo el norte de Europa, algo así como la avenida 9 de julio de Buenos Aires en las horas pico, noté que había una importante diferencia entre los rumbos calculados sobre la carta y los sugeridos por el sistema. Me preocupé, revisé los procedimientos visuales y no había duda. El lugar está muy bien señalizado con múltiples faros y pontones, que son enormes plataformas flotantes, dada la densidad de tráfico existente Opté por mis cálculos desestimando las sugerencias del equipo. Es que de hacerles caso, hubiera terminado el barco chocando contra la torre Eiffel. Al entregar la guardia al fornido 2do Oficial, el polaco Buss, responsable de los equipos de navegación, le advertí de los hechos. Supongo que habrá revisado algo porque al otro día el gallego Luis, que era el Operador de Radio, y que estaba al tanto de la situación, me comentó que Buss había programado mal el equipo y por eso eran las diferencias de datos. Así que de nada sirve la mejor tecnología si los seres humanos cometemos errores. Y eso que Buss dentro de todo era un buen navegante; imaginen otros…

 

El corazón del Sistema de Posicionamiento Global (GPS), es un reloj atómico de cesio, muy exacto, cuya marcha no obstante puede ser alterada por medios  externos. Así está diseñado pues a la larga es un instrumento militar norteamericano que en épocas de paz cumple funciones civiles y recauda ganancias con la venta de receptores para su servicio. Una constelación de 24 satélites, equipados con relojes atómicos coordinados con el reloj maestro, orbitan emitiendo cada uno una señal electromagnética codificada. Siempre hay 4 de ellos por encima del horizonte del receptor, sea barco, avión o hasta un automóvil. Las distancias de cada uno a la antena receptora de esas señales, permiten en definitiva saber la latitud y longitud de dicho receptor. Cualquier alteración que se haga en el reloj atómico maestro, causa desajustes en los datos, de modo que, la posición real de la nave, está a tantos o cuantos metros de la indicada por el equipo. Por su parte, los métodos clásicos (no tan exactos) tienen al menos la virtud de la confiabilidad de los resultados, simplemente porque los obtuve yo; no me los dijeron, yo los calculé (si es que calculé bien), yo soy testigo de lo que observé. Durante la guerra del Golfo Pérsico, Estados Unidos desconectó la emisión del sistema GPS para los barcos mercantes como estrategia militar y muchos pesqueros uruguayos retornaron a puerto suplicando con mortificación y ayuno en conjunto, a todo el santoral, por un regreso sano y salvo. Era de esperarse que el gigante del norte lo hiciera y era también esperable que los navegantes mediocres quedaran “en pelotas” y por ende en evidencia. Si las actividades económicas de nuestra flota van a depender de una mano siniestra en otro país que apaga un control, eso es todo un horror. ¡Menos mal que esa mano no puede apagar el Sol…!

 

A su vez los nuevos barcos porta contenedores que hoy surcan los mares, han convertido al marino en un ser más aislado que un astronauta. Esas naves viajan de un terminal portuario a otro prácticamente idéntico que generalmente están ubicados a varios kilómetros del centro poblado más cercano. Y no permanecen más que unas pocas horas en muelle y zarpan nuevamente. ¿Qué se podrá conocer así? No es de extrañarse que en esos barcos, las comodidades interiores sean muchas. Un marinero peruano me dijo algo muy cierto: “cuantas más comodidades tenga el camarote, así sea el del último perro, es porque abordo vas a vivir como la mierda”. Muy gráfico por cierto; los peruanos llaman “perros” a la gente de bajo rango.

Históricamente los navegantes conectaron pueblos e influyeron en sus culturas. Ya fueran los griegos y fenicios, fundadores de colonias a lo largo de todo el Mediterráneo, más tarde los vikingos, los comerciantes genoveses y venecianos, los conquistadores que llegaron a América y hasta los piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros. Modernamente como expliqué antes en otro capítulo, los marinos rusos y polacos, tuvieron incidencia dentro de sus propios núcleos sociales y eso fue la primera pedrada a la caída de los regímenes totalitarios de la Europa del Este. Pero ahora nada de eso. Tal vez quede un pequeño resto de intercambio cultural en aquellos puertos con importantes terminales pesqueros en los que se mudan tripulaciones. Montevideo es desde hace mucho, puerto base de  relevo de tripulantes asiáticos y eslavos. Los vemos en las calles del centro y la Ciudad Vieja.  Por todo esto que les cuento a veces pienso que opté por lo mejor, y gracias a mi decisión los pude conocer a todos ustedes. Pero aún así, viajar es hermoso.

 

Distintas anécdotas en distintos tiempos y distintos buques (o sea todo distinto).

 

Bien, de todo lo que pasé embarcado he tratado de recopilar los hechos más significativos y espero que sirvan de algo, aunque sea para leerlos en días de lluvia y apagón. Lo que dejo escrito a continuación son anécdotas sueltas que por alguna razón han quedado grabadas en ese disco duro natural que llamamos “cerebro”. Por algo quedaron. Tal vez porque me han dejado en su conjunto, una serie de consejos a tener en cuenta como ser: si verdaderamente eres maduro, evitarás meterte en problemas; no es mejor el que más fuerte pega; donde vayas encontrarás amigos, los vas a necesitar y ellos a ti; y sobre todo guíate por la razón y no por la pasión.

 

Los alumnos en general tienden a creer que un barco es lo que muestran las películas de aventuras como “Piratas del Caribe”. Pero contrariamente es una “Empresa”, con una rígida organización y administración.  Es real que abordo nadie quiere broncas pero a veces las hay irremediablemente, como en todos lados, las peores que viví fueron en la pesca. La convivencia era con otros que estaban en mi misma situación y por tanto tratábamos en general de llevarnos lo mejor posible pese a las múltiples diferencias socioculturales que podíamos tener. Así, la relación abordo era en general positiva entre pares, de lo contrario íbamos a sumar más sinsabores de los que por naturaleza habían. Discutir se discutía y algunas discusiones eran más acaloradas de lo común, pero en raras  ocasiones los problemas terminaban en una agresión física, cosa verdaderamente grave desde lo laboral,  aunque tuve que presenciar dos o tres sucesos desagradables. Es mas, comúnmente los pendencieros eran desembarcados; porque a nadie le sirve la gente que trae problemas al equipo de trabajo. Y es curioso, pero siempre encontré también personas decididas a apoyarme y a protegerme.

 

El pugilista y el gay

 

Un caso digno de contar se dio en el Cerro Bolívar, un “bulck carrier” (buque de carga a granel) venezolano en el que tuve una muy bonita experiencia, pues era todo un gigante de 230 metros de eslora, el barco más grande en que me tocó navegar. Durante los relevos de personal, embarcaron a un fulano que decía haber sido boxeador. El régimen de operaciones de ese barco, hacía difícil conseguir personal para tripularlo pues estaba 15 días navegando y tan solo tres en puerto. El mentado tripulante tuvo problema con varios de los compañeros a los cuales solía desafiar a pelear.  Una noche estando yo de guardia, subió borracho al Puente no logrando mantenerse en pie. Tuve que acompañarlo a su camarote y ayudarlo a acostarse cuando logré convencerlo de que lo hiciera. Como que de noche, cuando todos duermen, el Puente (o Timonera), es el lugar ideal para visitar pues ahí hay gente despierta con la que se puede conversar, aunque no es un salón de tertulias. Los borrachines suelen ir a esa sección y uno debe hacerles entender que no es una buena idea estar allí y así a esas horas, como tampoco  deambulando ebrio por el resto del barco. Yo reflexionaba sobre el momento y decía para adentro: tanto boxeo, tanta bravuconeada, desafíos y “coñazos” (golpes) fáciles, y ahora, en este momento, eres un miserable al que cualquiera de esos que provocaste y amenazaste, podría apuñalarte, y serías incapaz de defenderte ¡infeliz, desgraciado!, ¡mira cómo el diablo en que confiaste te ha abandonado a tu triste suerte!. Entre los embarcados del Cerro Bolívar había un cocinero ecuatoriano muy joven. Era gay y no lo disimulaba. Pero todos lo fuimos aceptando porque pese a su opción sexual (que por aquellos tiempos se tomaba con recelo), era una persona respetuosa, cordial y muy bien ubicada. Hasta había quienes conversaban con él de su homosexualidad y el respondía con franqueza sobre su problema. Había incorporado al régimen del barco la costumbre de peluquería y tratado de las uñas: cobraba 5 bolívares por las manos y 10 bolívares por los pies. Todos lo considerábamos un compañero, pero el torpe que se decía boxeador lo insultó, lo llamó “marico de mierda” y le dijo otras cuantas barbaridades. Cuando el barco llegó a puerto, el Capitán lo echó y todos espiritualmente se lo agradecimos.

 

Un tipo difícil

 

Otro pendenciero era Daniel. Un verdadero “pesado”. Yo lo conocí en la Escuela Naval, ¡qué tipo jodido de llevar! ; con aquel gran corpachón y su altanero aire de superioridad; otro agresivo que prometía trompadas ante la menor diferencia de pareceres. Mandé una puteada en voz alta cuando me enteré que lo embarcaban en la tanda de relevos del Santa Teresa y luego tuve que disculparme ante el Capitán por haberlo hecho, porque no se debe predisponer a los demás contra alguien que no conocen y hasta existía la remota posibilidad de que hubiera cambiado algo. Pero no. Ya de entrada, a los pocos días, como era de esperarse, tuvo problemas con uno de los mecánicos. También hubo relevo de Capitán, así que el reciclaje de personal del barco empezó mal pues de entrada, el nuevo comandante tuvo que abordar el problema disciplinario.  Como siempre ocurre con este tipo de gente, a nadie abordo le caía simpático Daniel. Pero hubo que soportarlo. Murió hace poco enfermo de cáncer. Me lo dijo otro compañero con el que hablé hace unos días. ¡Pobre Daniel! Todos esos bríos y bravatas no le sirvieron para defenderse de ese enemigo implacable, y lo peor no fue su muerte sino el mal recuerdo que a muchos  dejó.

 

Todos para casa

 

El personal uruguayo que tripulaba el Santa Inés, terminó expulsado por su mala conducta. Con dolor debo reconocer que mis compatriotas fueron corridos por sus malos actos. Compartir tareas con gente de igual procedencia, no garantiza mejor convivencia. Es que todo lo objetaban, eran demandantes, quejosos y discutidores de las órdenes. Sustraían objetos de la carga y luego se los hurtaban entre ellos. No entendían que los europeos ven a los “sudacas”  como gente clase “C”, y como tal los tratan. Uno de ellos, el ayudante de cámara, amenazó al segundo maquinista, con el cuchillo de la cocina a la hora del almuerzo delante de toda la oficialidad. De seguro que George, el británico oriundo de Lancaster que hablaba un ingles entre dientes que costaba entender, no era muy simpático que digamos, pero aún así la actitud del camarero fue todavía mucho menos simpática. Y por tonto que era las pagó: cuando se enteró que estaba echado, arrojó al mar amparado en la oscuridad nocturna, una pequeña lavadora de ropa; alguien lo vio, lo denunció al Capitán y éste mandó un telegrama a la Agencia de Montevideo para que se la descontaran del sueldo cuando fuera a cobrar la liquidación final. El personal que se sabía echado, permanecía abordo en lo que sería su última noche en el Santa Inés. Los Oficiales nos replegamos en nuestro piso, temerosos de algún descontrol como antes ya había sucedido en la Navidad de 1981. Pero felizmente no ocurrió nada desagradable. Lamenté que buena gente cayera en la redada pues no todos eran malos. No fue la única vez que una tripulación uruguaya fuera cesada por insubordinaciones; otros corrieron la misma suerte cuando en un puerto norteamericano se declararon en huelga. La Empresa los desembarcó, solicitó a las autoridades que los desalojaran del barco y listo, trajeron filipinos a mitad de sueldo para sustituirlos.  

 

Cuidado con el alcohol

 

Así pues, habíamos embarcado la nueva tripulación con gente nativa de las islas Kiribati y Tuvalu. Era buena gente pero de mal beber; por eso nos recomendaron prohibirles el consumo de alcohol. Después de un mes abordo y dado el buen servicio que prestaban así como la correcta convivencia, el Capitán, un inglés llamado Donald Mullins, entendió pertinente darles seis latas de cerveza a cada uno creyendo que el consejo de pronto había sido algo exagerado. Esa noche, víctimas del alcohol cervecero, que en definitiva y como ustedes imaginarán, era poquísimo el que podían haber ingerido, se trenzaron dos y hubo que separarlos entre varios (yo uno de ellos, con lo poco que me gustan las riñas). Uno había roto un espejo y pretendía degollar al otro con un trozo del mismo. Allí se les terminaron todas las posibilidades de poseer y consumir bebidas alcohólicas.

 

El hombre lobo de Maracaibo

 

Ese demonio llamado “alcohol” no suele ser un buen amigo cuando pasa a mandar en el grupo y sobre todo en las mentes de los hombres. Presencié reuniones en las que terminaba gente por el piso revolcándose en sus propios vómitos. Recuerdo a aquel buen y cordial compañero oriundo de la ciudad de Maracaibo que cumplía funciones de electricista en el buque Trujillo de bandera venezolana. Pues resulta que este amistoso señor cuando bebía, se transformaba en una fiera, todo un licántropo maracucho, y aclaro que cualquier luna le venía bien para beber y no solo la llena. No era recomendable salir de paseo con él porque se corría el riesgo de terminar en un lío padre si se le daba por beber, y comúnmente sucedía. Una vez se fue con otros dos camaradas a la playa; se mamó como era de esperar y la emprendió de malas con una familia que había decidido ir a pasar un feliz domingo comiendo un asado al aire libre Hubo que esconder todos los cuchillos porque los manoteaba y amenazaba con ellos al jefe de familia; los compañeros llegaron a pedirle al hombre que levantara el campamento y se fuera, porque no garantizaban poder controlarlo. Todos lo dejaron solo por lo muy violento que se había puesto. Allá llegó luego abordo bufando como toro en celo, y nadie osó hablarle. Al día siguiente ya sobrio volvió a ser el cordial  y aparente compañero inofensivo de siempre.

 

Uno de gallegos

 

Algo similar ocurría con el gallego Manolo en el Santa Inés. Era buen tipo pero se empedaba y le daba por discutir. En Gibraltar lo llevaron detenido por desorden en un bar donde insultó groseramente y hasta casi agrede a un mesero por eso de que el territorio es de España y no colonia británica, etc, etc . En Leningrado mandó a la mierda a un griego dentro de una discoteca, y éste, que entendió la mentada, reaccionó mal; hasta ahora agradezco a Dios que mi intervención intentando calmar los ánimos fuera efectiva, pero no sé cómo me animé a intervenir (otra vez yo metido en una riña). Si el griego no hubiera aceptado tranquilizarse, hasta hoy estaríamos el gallego y yo juntando los dientes del piso del salón bailable.

 

El terrible destino de un marinero

 

Hasta hoy me pregunto ¿qué habrá sido de aquel pobre marinero seducido por el trago y las mujeres, que quedó preso en Tampa?. Pero lo que hizo fue verdaderamente toda una imprudencia.

Habíamos llegado con aquel patacho venezolano llamado Nueva Esparta y apodado “Caucagüita”, a ese puerto de la Florida norteamericana y la Agencia nos puso al tanto del riesgo que significaba dejar subir mujeres abordo: -Vienen a robar, inclusive andan armadas; fue lo que dijeron. El Capitán recomendó entonces que pasáramos el anuncio a toda la tripulación. Pero antes de que lo hiciéramos, ya había una “señorita” que había abordado la nave y dialogaba amistosamente con el segundo Oficial de cubierta (que por supuesto sabía de la recomendación). Lo estaba invitando a él y a un joven marinero a la casa; esa tarde pasaría con su coche a buscarlos. La idea era que compartieran con ella y su hermana una velada agradable. Es evidente que los demás aconsejamos a los dos afortunados galanes a no aceptar tal invitación dado que todo era muy sospechoso. Pero no hicieron caso y fueron. Todo terminó en tragedia. Nuestro joven marinero iba armado con una pistola que había adquirido ilegalmente en Nueva Orleans (se la había comprado a uno de esos cirujas que rondan los muelles comercializando objetos de dudosa procedencia); calzaba altas botas de cuero y en una de ellas escondió la pequeña arma. Lo cierto es que se embriagaron. Este muchacho inexperto  sacó su arma, tal vez para alardear de su machismo, y la detonó dos veces. Las chicas asustadas los echaron de la casa y ante esto el marinero se puso violento. Llamaron a la policía y cuando ésta vino, el pobre infeliz tuvo la malísima idea de apuntar con su pistola a uno de los funcionarios de la ley. Tan solo por ese “intento de asesinar a un policía” la pena era de algo así como 10 años. Otros delitos que se le imputaron fueron: porte ilícito de armas y escándalo en la vía pública.

Fui el último en verlo. Asistí al lugar donde lo tenían preso. Fui con tres compañeros más, pero  solo a mí por ser Oficial, me permitieron hablarle. Portaba yo un importante mensaje del Capitán y la Empresa: “dí la verdad y no declares nada hasta que llegue el abogado que ha sido contratado para defenderte”. Entré en algo similar a una cabina telefónica; un vidrio con algunos orificios me permitía verlo y hablarle pero no tener otro contacto. Le di el mensaje; él insistió en querer declarar que había “encontrado la pistola tirada en el muelle”. Le reiteré la importancia de decir la verdad mostrando simultáneamente una actitud humilde; no me hizo caso. Entonces (Dios me perdone) usé una mentira blanca: le dije: -estos ya saben todo, hasta el nombre del que te vendió esa cosa y están esperando que confieses, no seas huevón ¡vale!. Detrás de mí los compañeros que no podían entrar a la cabina, le decían gesticulando: “dí la verdad”. Antes de retirarme hablé con los funcionarios del destacamento y les hablé en mi espantoso inglés:

-Es un buen muchacho; nadie abordo se explica lo que hizo, porque en el barco nunca dio problemas, por favor ténganlo en cuenta, sean buenos con él. Uno de los policías de origen hispano me respondió en español:- Vaya tranquilo señor; lo trataremos bien. Al día siguiente el Nueva Esparta dejó el puerto de Tampa con un hombre de menos.

 

Pensar que antiguamente para no pagarle a un marinero, el Capitán arreglaba con el dueño del hostal, que el sujeto frecuentaba, que lo emborracharan y le robaran la ropa mientras disfrutaba del placer fugaz de su chica, conquistada para tales menesteres en los suburbios del puerto. El desgraciado así timado perdía el barco y por consiguiente también su paga. Este mal arte era conocido como “Sistema Shangai”.

 

Lo que no se habla

 

Es parte del código marinero, el cuidarse durante las tertulias entre compañeros, de no hacer alusiones a las posibles infidelidades de novias o esposas si no se quiere terminar en una trifulca interminable con graves repercusiones; el marino con experiencia no cae en esa bobada; sabe que un compañero puede tararse tan solo si se le sugiere la posibilidad de que “otro” esté disfrutando de lo suyo durante su ausencia.  Tampoco se deben hacer comentarios sobre las idas a tierra en puerto, si hay familiares de algún tripulante abordo de visita. Las correrías son asuntos personales, habiendo quienes tienen muchas y otros no tantas, porque no somos todos iguales y porque la familia del marino, también sufre la ausencia, también extraña y se cuestiona sobre lo que estará haciendo y también teme por la salud de ese miembro suyo que está lejos embarcado. Defensor de lo que afirmo, aquí queda el comentario; el resto, según dice en el evangelio, lo agrega el diablo.

 

Otros males

 

Si a malas amistades del hombre tanto de mar como de tierra nos referimos, mencionemos “la timba”. Nunca participé pero vi cómo otros lo hacían y perdían el sueldo, las horas extras aún no cumplidas y todavía más. Ese “más” es que luego pedían prestado a los compañeros para seguir jugando; también lo perdían y quedaban repletos de deudas. Tontos los que prestaban. Alguien a quien yo apreciaba mucho y a quien apodábamos “el buey” (mote común cuando la persona es tranquila y bondadosa) solía apostar y generalmente perder. El gallego Manolo me comentó una vez, que había dos que puestos de acuerdo, le hacían trampa. Se lo comenté al buey; lo hice porque honestamente sentía dolor de saberlo, pero aún así continuó apostando y también continuó perdiendo. El día que su contrato terminaba, cuando ya se iba de regreso a Montevideo, los otros lo esperaban en la puerta de la oficina del Capitán, que estaba liquidando los sueldos, para cobrar las deudas de juego. Se fue para su casa con los bolsillos casi vacíos.

Pero los que ganaban también constituían un daño para la fajina diaria pues al haber hecho dinero, se negaban luego a trabajar horas extras cuando era necesario. Así hubo un Capitán que tuvo que prohibir los juegos de azar abordo. Fue en un buque venezolano; jugaban con naipes a algo llamado “poquino”. Entiendan que es una medida difícil de tomar por lo complejo de controlar las cosas y por la intromisión que significa en las actividades personales en tiempo libre. Pero el Capitán tiene esas potestades cuando el barco navega. Recuerdo que un tripulante de máquinas una vez se puso rebelde y se negaba a cumplir con su guardia. Entonces el Jefe de Máquinas comunicó al Capitán el problema; este encaró al tripulante y le mostró un juego de esposas y le dijo: -O cumple con lo suyo o lo esposo en su cabina y lo entrego a las autoridades policiales del próximo puerto. El individuo entendió el mensaje y prontamente obedeció. Es que la insubordinación sigue siendo una falta gravísima aunque ya no se castigue pasando al insurrecto por debajo de la quilla, o encerrándolo en la caja de cadenas. Uno puede de pronto negarse a trabajar pero constituye delito si afecta la seguridad de la nave.  A la larga, la mala conducta y los malos hábitos, perjudican tanto abordo como en tierra, pero los marinos hemos siempre tenido esa fama de ser viciosos. Yo conocí gente que no lo era en absoluto; gente que ni siquiera fumaba en las horas libres, que no bebían alcohol o lo hacían con mucha moderación; gente generosa que compartía lo suyo con los compañeros. Pero tristemente lo malo resalta siempre más que lo bueno. Vi muchas cosas abordo, no todas fueron malas. Cuando uno huye del mal, al mal le cuesta acercarse.  Y créanme que el estar lejos de casa, no significa romper con la educación que la familia te ha dado durante años. En mi caso debe sumarse mi opción cristiana católica, algo que acepté dos años antes de embarcar guiado por la prédica de ese apóstol uruguayo que es el presbítero Julio Cesar Elizaga, cura párroco de la parroquia de Belén en Malvín Norte, y que he conservado hasta hoy.  

 

Equilibrio indiferente

 

La siguiente anécdota es de origen técnico pero no por ello menos interesante. Resulta que cargamos cebada en el plan de las bodegas del buque San Nicolás, aquí en Uruguay, con destino al puerto de Río Grande en Brasil. Pero antes de partir nos avisaron que un nuevo cargamento había surgido para el puerto de Santos, localidad algo más al norte. Éste consistía en un mineral denominado “dolomita” que se usa en la fabricación del acero. Esa región de Brasil se caracteriza por su fuerte actividad siderúrgica. Venía embasado en tambores de 200 litros y se cargaba en atados de 4 tambores por guinchada. Lo estibaron en los entrepuentes y en la cubierta principal (o sea por encima de la cebada). Sabido era lo que iba a ocurrir. Cuando en Río Grande descargaron el grano, todo el peso de la carga restante, o sea la dolomita, quedó tan alto que afectó severamente el equilibrio del barco con riesgo de darlo vuelta. La condición de “equilibrio indiferente” es aquella en la que un flotador puede adoptar cualquier posición en el fluido en el que se sumerge; por ejemplo: una pelota que es arrojada a una piscina, flota igual caiga como caiga. En el caso de un barco, esta condición puede darlo vuelta tan solo si un mosquito se posa en un lugar inconveniente.  Hubo tripulantes que hicieron sus valijas y bajaron al muelle. Para solucionar el gravísimo problema, se hizo removido de carga, bajando algunos tambores, de la cubierta al plan; eso haría descender el centro de gravedad y aumentaría la estabilidad. Fue penoso y costoso. Se usaron los guinches y puntales de abordo, cosa que no era frecuente, y por ello la operatividad no era la mejor. Inclusive algunos trabajadores de las cuadrillas se fueron a sus casas indignados, diciendo que no era su especialidad ese tipo de operaciones y por tanto no estaban dispuestos a hacerlas. Pero se hizo y zarpamos para Santos, donde llegamos sanos y salvos luego de un gran susto.  

 

Bien, creo que este es el momento de dejar de escribir estas crónicas. Es el momento de darles fin. Porque todo en la vida, como decía el sabio rey Salomón, tiene su momento, como también hubo un momento en que entendí que debía cambiar mi vida de marino embarcado por algo en tierra firme. Me ayudó esa enorme recesión mundial de 1982 que paralizó la mitad de los barcos que cumplían servicio. Así ingresé en el rubro Educación. No sé si hice bien, o mal, no sé cómo hubiese sido mi vida de haber seguido en los barcos y felizmente mejor no saberlo. De hecho hubo nuevos embarcos si bien no fueron nada definitivo y a la larga regresé a la docencia y la consolidé como medio de vida. Creo que debo haber navegado entre seis y siete años en total aunque no de continuo.  Hoy estoy conforme con mi tarea como profesor. Hasta mi hija ya manifiesta vocación por la docencia pese a mis críticas. Pero ¡qué voy a hacer! …si yo hice lo mismo: dedicarme a educar. Y quienes lo hacen sepan que tienen una tarea digna de admiración que muchos no entienden cómo lo logramos. La aventura de “educar” es muy superior a todas las otras aventuras que podamos vivir; créanlo y eduquen de corazón. Un apretado abrazo para todos aquellos que han seguido estas crónicas desde el principio.