CRÓNICAS DE VIAJES: ÁFRICA MÍA



  África mía

                                                                                    Por Prof. Fernando Albornoz

 

Cuando escribo con toda la precisión que me es posible

mis experiencias con la granja, con el país y con algunos

de los habitantes de las llanuras y de los bosques,

puede que tenga algún tipo de interés histórico.

                                                                                      Isak Dinesen (Karen Blixen), Memorias de África

 

                    La escritora danesa que usara un seudónimo masculino, autora de la novela “Memorias de África”, que fuera llevada al cine con el título de “África mía”, tuvo sus vivencias en las plantaciones de café en Kenia, en las primeras décadas del siglo XX y estuvo en el continente negro mucho tiempo más que yo. Pero no en las faenas que a mi me tocaron hacer y tampoco en mi tiempo, posterior a la descolonización, o tal vez deba decir, tiempo de una colonización con diferentes estrategias pero aún vigente; y en lugares donde en una escala del 1 al 10, el nivel de seguridad en cero. Espero no molestar usando para este relato el mismo título que se dio a la película que inmortaliza su obra, pero al igual que Dinesen (o Blixen), también yo tuve experiencias que jamás se han borrado. Gracias por comprenderlo.

                                                                                  

                     Los griegos llamaron a esta gran masa continental, “África”, que quiere decir: “sin frío”, y no está mal puesto el nombre  porque como leerán más adelante, llegué a estar bajo una temperatura de 52º C durante mi estadía en las desérticas tierras del noreste de Sudan.

Sabemos que África estuvo pegada a Sudamérica durante la Pangea. Luego los movimientos de placas tectónicas fueron separando ambas masas continentales hasta hoy. Y continúan haciéndolo a un ritmo promedio de 5 cm por año.

                     Dicen que la estirpe humana se originó ahí, en África, aunque sus habitantes hoy no están en la vanguardia del mundo, porque mientras ella es rica, su gente es pobre. La región conocida como “el cuerno de África” quizás sea el lugar más patético del mundo entero, donde se respiran las mayores miserias de la humanidad: enfermedades endémicas, hambrunas, guerras, trabas a la ayuda humanitaria, saqueos, piratería, etc.

Una vez que sabíamos que el destino del barco era África, había que vacunarse contra el cólera y la fiebre amarilla. También ingeríamos a diario pastillas de quinina contra el paludismo. La gente de máquinas más expuesta al calor, debía ingerir también cápsulas de sal para evitar deshidrataciones.

 

                     Lo que voy a narrar a continuación corresponde a la fusión de dos viajes diferentes en distintos tiempos y barcos. Por un lado está el viaje en el Tacuarí, mi  primera experiencia en África, que fue en 1977, en este buque de bandera uruguaya, cuando yo, con 19 años, debutaba como piloto; era mi primer experiencia en calidad de Oficial de Marina Mercante, recién titulado luego del viaje de prácticas como pilotín que fuera en el mismo barco, el único piloto egresado de la Escuela Naval uruguaya en la promoción 76. Por otra parte, el viaje en el Santa Teresa donde visité Sudán, unos 4 años después de la primer experiencia.

 

                     El Tacuarí llevaba carbón y automóviles destinados a tres países de la costa occidental africana. El carbón fue cargado en la localidad argentina de San Nicolás, en la planta industrial de SOMISA  e iba para Liberia, primer país de nuestro itinerario. Los automóviles eran Volkswagen; los cargamos a posterior en el puerto de Santos (Brasil) con destino a Sierra Leona y Gambia. Ya iban armados.

Así pues atravesamos el Atlántico a una lerda velocidad de 13 nudos, que son 13 millas marinas por hora, (unos 24 Km/h) que era lo que daba en promedio de marcha esa vetusta barca metálica de 5 bodegas construida en Alemania unos 20 años antes, con una capacidad de 12.000 toneladas. Creo que tardamos 10 días en llegar al primer puerto de Liberia llamado Lower Buchanan; luego seguiría la capital: Monrovia. Recuerdo que llegamos el 1ro de mayo y las cuadrillas de obreros estibadores trabajaron.

 

                     El lugar era en si, aunque pobre, pintoresco; una pequeña playa adornada de roca y arrecifes de coral constituía todo un atractivo al que inmediatamente acudimos no bien logramos un descanso. No siempre cuando se llega a un puerto se tiene la oportunidad de tener una playa ahí cerca y de fácil acceso. Siguiendo un deporte iniciado en otro viaje, en mis ratos libres me iba a bucear al arrecife. El contacto con la fauna marina era impresionante: pequeños peces multicolores se arrimaban curiosos hasta quedar detenidos en las aguas frente a mi máscara de vidrio. Otros pasaban para aquí y para allá sin importarles mi presencia. Uno de mis compañeros chapoteaba en la orilla cuando de pronto tuve que empujarlo de súbito fuera del agua; es que una pequeña “raya torpedo” se le estaba acercando en silencio casi camuflada con el fondo de arena. Esos peces suelen provocar descargas eléctricas bastante desagradables, y aunque no resulten mortales, ¿qué necesidad había de volver abordo con un tripulante trastornado por el impacto?. Por la noche y desde el barco, observábamos que algo caminaba por las rocas a la luz de la Luna. Enormes cuerpos deambulaban por encima de las masas de piedra que formaban una barrera que detenía el oleaje del océano; eran cangrejos gigantes. Sus cuerpos medirían unos 20 cm de diámetro, y sus patas 30 o algo más. Un nativo del lugar vino con una bolsa de arpillera a ofrecernos de esos cangrejos; sospecho que se los comerían… Pero aún había otra sorpresa que nos esperaba en la playa: la presencia de amistosas y negras sirenas; negras y hermosas, como buenas hijas de esa tierra  sin frío. Se arrimaban a los marineros buscando la oportunidad de sacar alguna ganancia económica y participaban alegremente de sus coloquios. Por la noche, estarían disponibles en uno o dos lugares bailables, únicos sitios de diversión que había en el poblado. Pero toda esa interacción era celosamente observada por gente del lugar. No interferían con nosotros y las sirenas, pero allí estaban, sentados en las rocas, observando cada uno de nuestros movimientos. Veíamos también jóvenes varones practicando artes marciales en playa. La presencia de unos y de otros era sin duda una advertencia de cuidado.

 

                   Como en todos los sitios pobres del mundo, el barco se llenó de gente; unos venían a trabajar en la descarga y el resto a ver qué beneficios obtenían. Como el puerto era diminuto, la llegada de un navío resultaba siempre una novedad y una buena oportunidad de conseguir algo. Mendigaban principalmente comida y cigarrillos: “Chop Chop” era la forma de pedir algo digerible. Se nos pegó el modismo que luego usábamos a la hora del almuerzo y la cena. Un guardia armado con fusil custodiaba el portalón. Es que en África hay muchos robos. Me recomendaron cerrar todas las claraboyas de mi cabina pues los ladrones se meten por todos lados. Era realmente “relajante” dormir con todo el calor y la humedad del África ecuatorial, trancado y sin aire acondicionado, porque el Tacuarí no tenía tales adelantos. Uno de los nuestros no hizo caso y recibió una visita indeseable. Pero  llevó las de perder pues el dueño de la cabina estaba armado con un fierro, y con él atacó al intruso; éste cayó sobre su cabeza hasta que logró correr sin llevarse más que unos cuantos y dolorosos chichones.

Antes de atracar a muelle, pasamos una noche fondeados en la rada del puerto (traducción: anclados en proximidades del puerto). Habíamos iluminado todo el casco del barco y preparado la única batería de armas de defensa contra copamientos de que disponíamos: mangueras de incendio. Sucede que los intrusos se arriman en canoas, se trepan por cuerdas con ganchos que lanzan al barco y hasta por la cadena del ancla. Una vez abordo roban todo lo que pueden. Las guardias de fondeo son en esos lugares del mundo, momentos de mucha tensión.

 

                    Los estibadores (así se llama a la gente que opera la carga y descarga de los barcos, pues no es la tripulación quien lo hace), no configuraban un equipo de trabajo. Había quienes observaban desde la cubierta lo que ocurría en el plan de la bodega: eran los buchones, los chismosos que esperaban la menor seña de flojera de un obrero, que se recostaba a descansar, para correr con el chisme al capataz. Éste venía y echaba al flojo de la bodega y en su lugar mandaba al buchón. Pero los roles se intercambiaban pues el echado no se iba sino que ocupaba el lugar del anterior chismoso y así todos trabajaban un poco y flojeaban también todos y todos corrían con el chisme también. Y de paso pedían chop chop. Uno de los nuestros tuvo la mala idea de decirle por señas y entre risas, a un nativo del lugar, que despedía mal olor de los sobacos; el muchacho se puso furioso y cuando quise acordar, todo el barco era un griterío de quejas e insultos. “Es una ofensa muy grave aquí en África”, decían cacareando y esperando alguna compensación a cambio, que no la hubo. No recuerdo cómo terminó la cosa; de hecho regresaron a la bodega a trabajar, porque si no lo hacían otros lo harían corriendo en su lugar.

 

                    La mala calidad de la mano de obra no es inusual en África. Algunos años después en Sudán, y en otro buque, el Santa Teresa, gemelo del Santa Inés, durante una guardia de puerto eché a todos los estibadores del barco por no hacer caso a las indicaciones que les estaba dando. Arrastraban la carga por el plan de la bodega usando una grúa de abordo. Las grúas no están calculadas para eso sino para levantar los pesos verticalmente. Al arrastrar un objeto, el aparejo de cables que debe trabajar vertical, lo hace en oblicuo; se produce un rozamiento que genera una fuerza que se suma al peso del objeto arrastrado y puede así resultar hasta mayor al peso que la grúa puede levantar, y esto puede hacerla colapsar. Ante la negligencia de la cuadrilla ordené cortar la electricidad del sistema y desalojé a todos. Le dije unas cuantas cosas fuertes al capataz que mantuvo silencio y gesticuló como asintiendo. Al día siguiente una bronca similar ocurrió esta vez con el Capitán y la Agencia Marítima que suministraba la logística de las operaciones. Pretendían echarnos la culpa de las demoras diciendo que los sistemas de descarga del barco no estaban en las correctas condiciones de operar. El Capitán, Javier, oriundo de Ávila, España, “mandó a la mierda” al agente marítimo advirtiéndole que iba a denunciar a la Agencia ante la empresa aseguradora. Y ahora que escribo esto caigo en la cuenta que Javier había nacido en la misma ciudad donde vivía Santa Teresa, y era el Capitán de una nave que llevaba el nombre de dicha santa. Y hasta tenía su mismo carácter fuerte, pero era buen tipo. Y preferiría evitar el relato de lo que nos pasó en Gambia porque fue chocante pero igual lo haré aunque lo más breve posible. Nuestro marinero de guardia de portalón (algo así como el portero), tuvo un incidente involuntario con el capataz de los estibadores al que casi lastima en una mano al cerrar una portezuela. Luego éste se ofuscó y quiso pegarle. Como pude lo calmé, menos mal que el hombre se tranquilizó, pero no el ambiente general. De seguro los uruguayos perdíamos por paliza, porque en estos países, el extranjero siempre lleva las de perder.  …¡Y cómo te lo dan a entender!... Más aún, nos confundían con griegos por la similitud de las banderas. Por cierto que en África occidental no saben que existe el Uruguay, pero si conocen a los griegos por la cantidad de barcos que llegan a sus puertos.

 

                    Hablando de perder por paliza, en Sierra Leona nos recomendaron no bajar a tierra. Visto desde el barco, el lugar en el que estábamos, la capital Freetown, parecía todo, un asentamiento de chabolas. Las primeras personas que vimos en el muelle esperando el atraque del barco eran unas 5 o 6 prostitutas locales, una acompañada de su alcahuete que la empujaba a mostrarse y vociferaba alegre: “We fuck to much here in Africa”.

Unos marineros pese a la advertencia bajaron a estirar las piernas y beber unas cervezas (costumbre clásica a la llegada a puerto no importando la hora). Unos treinta minutos después estaban de vuelta abordo. Es que los habían insultado, agredido y hasta intentaron rapiñarlos. Decidieron retornar porque como antes mencioné, el extranjero lleva todas las de perder.

Otro que perdió, aunque no por paliza, fue uno del Tacuarí que apodábamos “Sopa Boba”. La fiesta le salió carísima en Liberia pues se hizo de una novia y festejó ruidosamente el hecho tanto en tierra como abordo, haciendo alarde de sus dotes de macho semental y hasta luciendo un turbante de la joven sirena que había tomado sin mucho permiso. Todo fue maravilloso hasta que la señorita, lo intimó a la siguiente noche a pagar por sus servicios sexuales. El susodicho no solo se negó a pagar sino que hizo eso que está internacionalmente prohibido, y que un buen marino lo sabe, porque es una de las primeras cosas que se aprenden al embarcar: buscó otra novia entre las sirenas del lugar bailable a la vista de la primera; esta reaccionó con un escándalo de histéricos gritos y empujones; Sopa Boba la tomó por un brazo y se lo retorció; la chica lo denunció a la policía por agresión e incumplimiento económico; puso como prueba el turbante (que fue encontrado en la cabina del supermacho). Se lo llevaron detenido y exigieron una fianza de U$ 150. Si yo que era el 3er Oficial ganaba mensualmente U$ 500, imagino que un limpiador de máquinas ganaría unos U$ 350, así que la farra le costó carísima. Ese mes Sopa Boba ganó el premio al más nabo de abordo. Los demás ni figuramos en el concurso…

 

                     Bajar a tierra era cosa de pensarlo dos veces. Y si se decidía a favor, mejor llevar una cajilla de cigarrillos a la vista para hacerse de amigos. Este vicio que felizmente abandoné hace unos 15 años (y que me hace sentir un campeón), lo practiqué por mucho tiempo. Dejé que se me pegara con 18 años, más culpable aún pues lo usual es que ocurra en el liceo con menos edad. Pero yo lo adquirí mientras cursaba mi carrera profesional, y los barcos no fueron para nada un buen ambiente para abandonarlo. Por el contrario, abordo se fuma más. África no era el único lugar donde te “mangueaban” cigarrillos, también sucedía en China, en Rusia y aunque mucho menos, también en Latinoamérica. Sobre todo si veían que era tabaco norteamericano. Pero el “mangaso” en África era al mayorista; un 90 por ciento de los lugareños que encontrabas en el camino, venían a pedirte un cigarrillo. Yo no me negaba pues era la forma de abrirte camino en un medio que podía volverse  muy hostil en cualquier momento. Pienso que el valor de un cigarrillo podía evitar un problema serio, y como dije antes, la sensación que se respiraba era de inseguridad y desamparo. Yo era el hombre blanco, al que creían griego, como ya dije por la similitud de banderas de ambas naciones. Pero también los uruguayos somos herederos de la cultura greco-romana y hasta fisonómicamente nos parecemos a los griegos, y hablamos una lengua que si bien es de origen latino, posee una gran cantidad de palabras de origen griego. Hasta el adjetivo “punguista” tiene ese origen, porque “punguís” en griego quiere decir “robar”.  Pero volviendo al “mangaso” de cigarrillos, creo que los economistas deberían valerse de este hecho para calificar, de forma directamente proporcional, el nivel de vida de los pueblos.  Claro es que esto ocurría en el África influida por occidente, porque en el África musulmana, no existía tanto riesgo de robos, por lo menos no en Port Sudan. Inclusive allí no me funcionó el regateo de precios que solía funcionar bien en Liberia donde si algo costaba U$ 25, se ofrecía 15, y así sucesivamente. Hasta se arreglaba el costo de un viaje en taxi de esa manera. Se discutía un poco, se caminaba otro poco como desentendiéndose del asunto y seguro era que el chofer te seguía con el auto y te invitaba a subir  dando muestras de que había aceptado el trato; impensable hacerlo en el Uruguay. Pero en una tienda de souvenirs de Port Sudan donde adquirí una pequeña estatuilla de ébano, me mostraron un cartel en la pared escrito en inglés que aclaraba: “prices are fixes”.

 

                   Port Sudan era un asentamiento en medio del desierto y a orillas del mar Rojo, donde correteaban libremente bandadas de cabras y dromedarios. La temperatura superaba los 50º durante el día pero ahora yo estaba en un barco moderno que contaba con un excelente sistema de aire acondicionado. Para acceder fue necesario pasar por el golfo de Aden, bordeando el cabo Guardafui que en la pantalla del radar aparece como un león al acecho de su víctima; una vez que lo hicimos habíamos ingresado al mítico mar Rojo, muy profundo y a su vez plagado de formaciones coralinas. Justamente un arrecife de corales ubicado en la punta del muelle (no tan bonito como el de Liberia), servía de esparcimiento para mis ratos libres. En verdad no había muchos sitios adonde ir, y la temperatura no ayudaba tampoco a hacerlo. Usábamos como piscina la bodega nº 3 que habíamos inundado. Los lugareños cubrían todo su cuerpo con largas túnicas y sus cabezas con turbantes mojados. Siguiendo la costumbre occidental de broncearse, me exponía por momentos al Sol y tal hecho no era comprendido por los sudaneses que me advertían de los riesgos de quemaduras, porque el Sol en esa parte del mundo es verdaderamente cruel. La evaporación del agua es tan grande que convierte al mar Rojo en uno de los más salados del planeta.  

 

                   Mientras en el norte impera el Islam, más hacia el centro y sur del continente, los cristianos protestantes llevan la voz cantante como herencia lógica de un colonialismo europeo. Es enorme la cantidad de emisoras de radio cristianas que sintonizábamos. La gente nos hablaba en inglés porque la lengua suahili ya casi nadie la sabe. La presencia europea estaba en los puestos claves de logística: los jefes de la planta industrial destinataria del carbón, los Agentes marítimos, los Prácticos de puerto y los religiosos (curas y hermanas). En los cinco puertos africanos que visité, Lower Buchanan, Monrovia, Freetown, Banjul y Port Sudan, la constante era la misma: clarísimos indicadores de infradesarrollo plasmados en la pobreza que veíamos por todos lados. Sin duda que el comportamiento de las personas era consecuencia de ese infradesarrollo ; típico de esos seres que uno percibe que están repletos de carencias materiales básicas: por eso la mendicidad de alimentos y pertrechos en desuso como tablas, trozos de chapa, cajones, bidones de plástico (posiblemente para almacenar agua) y otros tantos trastos inútiles para nosotros que terminarían siendo en algún momento arrojados fuera del barco; por eso también la mano de obra incompetente, los múltiples intentos de ventajeadas, los hurtos y rapiñas a la orden del día, la prostitución descarada a costos muy bajos con gonorreas incluidas en el precio (ahora hasta sida, del que antes no se hablaba), el patoterismo, y la aceptación de un regateo generalmente de resignación para el vendedor.

África es en general peligrosa: pueden atacarte y lastimarte severamente sin que nadie haga mucho por evitarlo. Posiblemente ni te atiendan luego a tiempo y quedes ahí caído en la calle y mucho menos se busque al culpable. Esto si bien ni lo viví ni lo vi, lo pienso fundamentado en esa profunda sensación de desamparo que experimentaba cada vez que salía del barco y todos los que por el camino se cruzaban conmigo, se arrimaban y comenzaban a rodearme haciendo señas y esperando que les dieras algo: un cigarrillo o una moneda. Me pregunto ¿Cuál hubiera sido la actitud de esa gente de haberme negado a dar? No digo que esto no ocurra en otras partes del mundo, pero en África salta demasiado a la vista. Por algo la gente intenta huir de la miseria del continente negro usando todos los medios a su alcance: desde rogar por un puesto de trabajo a bordo de un navío, hasta escapar en dicho navío, escondido como polizón. Porque los barcos constituyen toda una oportunidad de escape hacia un mejor futuro y por eso se infestan de polizones. Es necesario antes de salir de puerto, revisar todos los compartimientos.

 

                        Llegar a un puerto con polizones significa una multa que ronda en los U$ 10.000 por cada uno. La legislación internacional prohíbe obligarlos a trabajar y exige alimentarlos y darles alojamiento y buen trato. Algo que ocurrió en el buque Santa Teresa, antes de subir yo en Panamá, fue un duro caso de polizones. El barco había descargado en Nigeria y de allí iría para los Estados Unidos a cargar algodón para China, mejor destino que los Estados Unidos de América imposible, pues los polizones, como el grueso de la gente que emigra, no lo hacen a cualquier sitio. Aún el Santa Teresa bordeaba la costa africana cuando los descubrieron. El Capitán decidió bajarlos en una lancha que los dejaría en una playa; los vistió con chalecos salvavidas que no llevaban el rótulo del barco. Al mando de la lancha iba un polaco: Zviñek, el fornido 2do Oficial de cubierta.  Cuando la lancha aún no llegaba a la playa, y por temor a la existencia de rocas,  los obligó a lanzarse al agua. Como los polizones se negaban, intentó pegarles con un remo mientras les gritaba amenazador e imperativo. Esto motivó la reacción violenta de Carlitos, uno de los marineros uruguayos (con quien aún de a ratos me veo), que formaba parte de la dotación de la lancha, que salió a defenderlos. Todo muy lamentable; una muestra de dos miserias, porque los polacos tampoco gozaban de mucho prestigio que digamos por aquellos tiempos; pero al menos eran europeos. Duele mucho reconocerlo, la Historia y la Geografía nos obliga a comentar aspectos muy negativos de la estirpe humana. Uno de ellos es que la humanidad está categorizada y eso solo se comprende cuando se sale fuera del país. Un polaco en aquella época era un europeo de baja categoría, porque era mano de obra barata y sometida a un régimen totalitario que no le permitía efectuar mayores reclamos, pues su tiempo de oportunidades de hacer algún dinero fuera de Polonia, era limitado. Pero un africano tenía todavía muchísimo menos categoría que un polaco, y Zviñek lo sabía y hacía valer su condición. Este incidente lo escuché de Carlitos que pese a ser tan fornido como el polaco, quedó muy impresionado y necesitado de compartir esta mala experiencia con algún buen compañero que no manifestara discriminación hacia la gente. Yo como todos tengo defectos y cometo faltas y pecados, pero nunca he tratado con desprecio a nadie por ser de condición diferente a la mía. Soy cristiano de confesión católica desde los 17 años, eso todos lo saben, y es contrario a mi fe el discriminar a la gente.  Pero en muchos sitios del mundo se considera natural el hacer valer las diferencias sociales, ya sea por rango, por ascendencia, bienes, por piel u origen.

 

                          Falta incluir aún en esta crónica el paso por el canal de Suez. Debe ir a parte pues solo fueron pasajes sin estadía en puerto y no hubo una significativa alternancia con las personas del lugar. Geográficamente hablando, esta vía de agua artificial constituye uno de los pasos más importantes del mundo pues conecta los océanos Índico y Atlántico a través de los mares Rojo y Mediterráneo. Así se acortan las distancias entre puertos de Europa y Asia. Un piloto español me comentaba su experiencia en buques tanques de gran porte durante el tiempo que el canal estuvo clausurado. Estos buques abastecían a Europa del petróleo del Golfo Pérsico y para ello bordeaban toda la costa de África. A mucho mayor distancia a navegar, menos viajes debían realizarse en favor de la rentabilidad del emprendimiento y por eso los petroleros debieron aumentar su capacidad de carga; fue la era de los supertanques.

Cuando el canal se reabrió, estos gigantes flotadores murieron. El gran tamaño interactuando con el mar hacía sufrir mucho su estructura y por los canales no pasaban. Fueron sucumbiendo.

Volviendo al canal, el paso se realiza en convoy en un solo sentido pues el ancho del canal no permite el cruce encontrado de barcos. De ambos extremos, Suez en el mar Rojo y Port Said en el Mediterráneo, parten sendos grupos en fila india. Cada nave es conducida por un Práctico egipcio muy bien entrenado en la maniobra. Uno de los grupos ingresa a un lago y allí espera mientras pasa el otro. Lo pintoresco es que los buques son abordados por barcas cuyos ocupantes trepan abordo e instalan toda una feria de souvenir. Simultáneamente se aprovecha a concretar la venta de madera y chapa y otras cosas que ya no cumplan una función abordo. De lo recaudado se reparte entre la tripulación. Es la oportunidad de hacer un dinero extra con cosas cuyo destino es el basural. Me acuerdo del flor de lío que se armó con el práctico egipcio que guiaba al Santa Teresa cuando le llevaron el almuerzo; a pesar de sus advertencias, le agregaron una feta de tocino de cerdo al plato de vegetales cocidos. Y como los musulmanes no comen cerdo por considerarlo un bicho inmundo, rechazó el plato, encaró a Javier el Capitán y le recriminó la falta y solo comió la manzana que le habían traído como postre. ¡Qué desinteligencia!. No logré convencerlo de que comiera lo otro a pesar de que hice desparecer el trozo de tocino; según la fe musulmana, lo impuro contamina todo el plato y no debe ser ingerido. Luego de unas 10 hs de camino por el estrecho canal, nos recibían las aguas del mar mediterráneo y África quedaba atrás. Otro mundo nos esperaba por la proa muy diferente al que habíamos dejado; un mundo más parecido al de nuestra casa. Algunos meses después, en el Santa Inés volví a cruzar esta vía tan trascendente para el comercio marítimo mundial, inclusive en el mismo sentido: hacia el Norte. Ese fue mi último contacto físico con África.

 

                    Hoy, después de 30 años, aún conservo frescas muchas imágenes  imborrables como sellos, tal como dije al principio, entre ellas: la bruma que rodeaba la costa ecuatorial occidental del continente africano y que casi la ocultaba al ojo vigía atento del marino que montaba guardia; los niños jugando futbol entre las tumbas del cementerio de Monrovia, tal vez por la falta de un mejor espacio donde hacerlo; la mujer nativa liberiana, que cuando vio mi cámara fotográfica, sacó de su cabeza el botijo de agua que llevaba en equilibrio para que no le tomara yo la foto, porque sacar fotos no era cosa del agrado de la gente; el muchacho que hacía en público sus plegarias cristianas a Dios sin ninguna vergüenza, pese a algunos tontos de mis compañeros que al verlo se reían (¿acaso los musulmanes no hacen lo mismo?); el maestro karateca que entrenaba a los jóvenes en la playa de las sirenas negras, y que procuraba que lo viéramos; el policía que educadamente me daba explicaciones en inglés de las causas del arresto de Sopa Boba, mientras otro recuperaba el turbante de su ocasional “novia” ; las dos fragatas de guerra británicas atracadas en Gambia que retrasaron nuestra ida a muelle; las monjas católicas del pequeño convento de Lower Buchanan con las que compartí un pequeño encuentro social (quedé de volver y nunca lo hice porque el barco se fue, y hasta ahora me pesa pero así son las cosas cuando uno navega); los dromedarios trotando en Sudan y comiendo en los basurales; el vendedor de Sierra Leona que se arrimó en canoa, por el lado del agua, a vender sus burdas baratijas, cuchillos y machetes de lata oxidada, en vainas de vaya a saber qué material que simulaba ser cuero, y que sin embargo obtuvo algunos clientes; una se le fue al agua y exigió pago por ella (el pago fueron dos bidones grandes vacíos de plástico que le dio el cocinero) ; la increíble facilidad con que los vendedores egipcios trepaban por la borda y montaban la feria en la cubierta del barco cuando esperábamos turno para cruzar el canal de Suez; y muchas más. Me parece que no fue hace tanto que pasaron estas cosas. Espero que todas estas experiencias contribuyan en el proceso educativo de lo mejor que tenemos en el país, que son los jóvenes que asisten a clase. Dios quiera las reciban con agrado.