CRÓNICAS DE VIAJES: LENINGRADO



Crónicas de Leningrado y de otros lugares que también estaban detrás de la cortina de hierro

                                                                                                  Por Fernando Albornoz, piloto de Marina Mercante

 

Lo que a continuación relato sucedió hace aproximadamente unos 30 años. Puede que para la Historia 30 años sea poco, para mi lo es mucho.  Por aquellos tiempos cumplía yo funciones como piloto de ultramar en barcos mercantes de carga general que me llevaron a muchos lugares exóticos lejos de donde nací, me crié y desarrollé como ciudadano. Dejo constancia que todo lo que aquí cuento son impresiones personales; no tienen fines ideológicos algunos. Lo aclaro porque este relato en particular se refiere a mis experiencias en estadías en países con regímenes totalitarios, conocidos dada su posición geopolítica como los que están “detrás de la cortina de hierro”, que fueron Alemania Oriental, Rusia y China y donde lo más pintoresco fue la estadía en la hoy San Petersburgo que por entonces se llamaba Leningrado.

No soy literato pero aún así he procurado escoger cuidadosamente los términos más apropiados para describir hechos y pareceres, a los efectos de que quienes lean esto, puedan imaginar las cosas que me tocaron vivir, de la manera más ajustada posible. Me sorprende que esas vivencias sean, después de tantos años, de utilidad para mis colegas los profesores de Historia y espero sirvan como testimonio, en la educación de nuestros jóvenes para que ayuden a comprender los factores que influyeron en los procesos de cambios de esos países cercados políticamente por una imaginaria cortina, ya fuera de hierro o de bambú. Por un lado el de la abrupta caída, luego de 7 décadas, de un sistema soviético de economía planificada que George Orwell critica severamente en su novela “1984” y que los rusos aspiraban a que se implantara en el mundo entero. Por otro, el proceso chino, pausado y en etapas, buscando paso a paso la apertura al mundo y a la economía de consumo, tal como un automóvil intenta de a poco integrarse al tráfico de una autopista principal.

 

Rumbo a Leningrado:

 

El Santa Inés (así se llamaba la nave) pertenecía a una empresa alemana con oficinas logísticas en Londres y estaba matriculado en Singapur. El Capitán era inglés, entre los oficiales había británicos, polacos, españoles y yo el único uruguayo. El personal, antes uruguayo, fue cambiado (por la mala conducta), por una tripulación que provenía de las oceánicas islas: Kiribati y Tuvalu.

Cargamos el buque en 3 puertos de Brasil, cosa que llevó algo así como 20 a 25 días entre cargas, y otras diversas maniobras. Las mercancías iban con destino a Rusia y consistían en: tambores de 200 litros que contenían aceite de ricino, cacao en bolsas para la fabricación de chocolate y fardos de fibra de sisal. Aún recuerdo lo horrendo de respirar el olor del cacao. Siendo yo adicto al consumo compulsivo de chocolate, lo rechacé  por varios meses.

Partimos rumbo a Europa  y nos cruzamos en el Atlántico Norte con la flota británica que se dirigía hacia las islas Malvinas, a intentar recuperarlas ya que habían sido tomadas por los argentinos. Fue en la primavera de1982 que llegamos al viejo mundo y luego de pasar el terrible Golfo de Vizcaya, el Canal de la Mancha, el mar del Norte, el Canal de Kiel y por último el mar Báltico, echamos el ancla en las gélidas aguas de la rada de Leningrado donde debimos esperar unos 3 días hasta que nos designaran muelle.

El congelamiento que experimentaban las aguas pese a la estación primaveral, hizo necesaria la ayuda de un buque rompehielos para poder ir a muelle. Pero siendo el nuestro, el último barco de la fila de 5 que seguían al rompehielos, el hielo se volvía a cerrar a nuestro paso. Como resultado final se produjo un importante deterioro del casco donde se notaban las cuadernas al igual que se le nota el costillar a un ser desnutrido.

 

El Mercado Negro en la Europa del Este:

 

Es costumbre que la gente de mar pida adelantos de sueldo en la moneda del país para poder movilizarse en tierra. Me acuerdo que pedí 50 rublos. La agencia que representaba y atendía al barco en puerto, los trajo en billetes nuevos: 5 billetes de 10 rublos; estaban numerados en secuencia, lustrosos y a estrenar. De seguro que en alguna lista figuraría mi nombre y los números de los billetes asignados. Ya me habían explicado cómo funcionaba en la Europa de oriente el mercado negro: mientras el banco te daba 90 centavos de rublo por cada dólar americano, en la calle te daban ¡3 veces más! ¿Qué te parece? En Alemania Oriental, que había estado yo el viaje anterior, se daba la misma circunstancia: 4 marcos te daba el banco y 12 el mercado negro. En muchos países funciona el trueque monetario clandestino, pero nunca había observado yo tanta diferencia entre los valores de cambio. Eran los rublos y los marcos orientales monedas sin ningún valor internacional. Todo esto no hablaba muy bien que digamos de la situación económica del país.

Antes de la partida del barco, podíamos devolver el dinero sobrante evitando el descuento del sueldo, pero era evidente que no podías regresar billetes más grandes de los que te habían asignado al principio pues eso denunciaba tu maniobra dolosa. Cambiar en el mercado negro era cosa que todos hacíamos no bien salíamos del puerto. En los freeshop por el contrario no aceptaban rublos; debía pagarse en otra moneda internacional y luego era obligatorio presentar la boleta de compra ante la guardia portuaria que justificara el gasto.

Así bajé por vez primera a Tierra a conocer Leningrado (hoy San Petersburgo), y al intentar salir de la zona portuaria me revisaron el dinero que portaba en una cabina de la guardia; me hicieron preguntas sobre su procedencia, les pareció que era poco (de los 50 rublos llevé solo 20), efectuaron una llamada telefónica (que no sé qué se podrán haber dicho) y luego me permitieron continuar no sin antes advertirme formalmente sobre la prohibición de cambiar plata en el mercado negro. Con los años he olvidado muchas cosas y comprendido mejor otras. Día a día íbamos aclimatándonos al lugar, a reconocer las calles, los transportes, las plazas, etc. El mercado negro funcionaba allí cerca, en una discoteca mismo a la vuelta de la cabina de la guardia portuaria. Todos los que salíamos hacíamos el mismo movimiento: virábamos en la esquina a la derecha, caminábamos una cuadra y allí estaba. ¿A caso los guardias no lo sabían? ¿No nos veían salir todos los días y volver tarde? ¿No sospechaban que ese dinero que figuraba en las listas de asignaciones era insuficiente para tanto movimiento? He llegado a pensar que ellos mismos avisaban a la disco que íbamos para allí con tantos y cuantos dólares.

También se podía cambiar dinero en la calle, pero los cambistas eran peligrosos; cuando concretabas el trueque gritaban:¡the police  go, go…! Salían corriendo luego de haberte entregado un mazo de billetes cuya cantidad no era la acordada. Es que vivos hay en todas partes.

Saqué la conclusión de que el tan prohibido cambio negro gozaba de cierta elasticidad cómplice por parte de la guardia; no era tan prohibido siempre y cuando no hiciéramos aspaviento; mientras el destino de los rublos mal habidos fuera gastarlos en discotecas, restaurantes, chicas y copas.

Existía también un mercado clandestino de objetos. Los obreros te preguntaban qué tenías para la venta; buscaban principalmente ropa de jean y cigarrillos americanos, pero todo servía porque aparentemente los artículos a los que accedían en las tiendas rusas, carecían de la calidad de los que nosotros usábamos y tenían prohibido comprar en los freeshop. Pero venderles alguna cosa podía traer malas consecuencias si los guardias detectaban la acción. La peor parte la llevaría el pobre comprador. Recuerdo que fumaban unos cigarros que tenían canutos enormes de plástico con 1 cm de tabaco comprimido en la punta; el cigarrillo del obrero, diseñado para ser tomado con guantes de trabajo. Aún tengo una caja vacía en casa de recuerdo que más se asemeja a una de veneno para ratas. Una gran diferencia  con una cajilla de cigarrillos occidentales.

 

Los obreros de la proletaria Europa socialista:

 

En la Rusia de Breznev, todo era del estado, hasta las discotecas y restaurantes, los clubes, los hoteles y los cines. Los templos religiosos habían sido transformadas en museos. Todos los trabajadores eran empleados públicos porque la única empresa era el Estado.

Lo que yo observé abordo me dio a entender que poco interesaba el buen rendimiento laboral. Las desganadas cuadrillas de obreros destinados a la descarga del barco eran de lo más displicentes; apenas trabajaban y lo hacían arrastrando los pies. No respetaban las normas mínimas de seguridad pues fumaban, pese a los grandes carteles de advertencia de no hacerlo, que habíamos colocado escritos en ruso. Lo hacían en las bodegas cargadas de fibra de sisal que es inflamable. Recibían de los oficiales en servicio las instrucciones de lo que había que hacer y si les resultaba complejo directamente se mandaban mudar pasándole la tarea al personal del turno siguiente, que aún faltaba mucho para que entrara, con las consiguientes demoras en la descarga. Es por eso que estuvimos unos 40 días operando lo que en cualquier otro puerto de la Europa Occidental se hubiera concretado en una semana. Estos trabajadores europeos contrastaban con los otros trabajadores europeos (occidentales) a los que yo estaba acostumbrado a ver en los puertos de Alemania, Bélgica y Holanda. Contrastaban hasta el extremo de que trabajaron el 1ro de mayo; ¡no trabajaban nunca y se les ocurrió hacerlo justo en un día que mundialmente es feriado! Así pasamos esos 40 días ocupando un muelle con su costo operativo, por supuesto a cargo del Estado ruso.

Estuve en Rusia pero nunca navegué con rusos; navegué con polacos sin haber estado nunca en Polonia. De ambos me quedaron impresiones parecidas; gente amable sin duda, de buen trato, orgullosa de su oficio, pero como trabajadores eran mediocres. Como que el régimen totalitario los tenía aboyados. El Santa Inés fue vendido en Alemania luego de irnos de Rusia. Los inspectores navales me felicitaron por el estado y orden de todo el equipo que estaba a mi cargo; uno de los  oficiales españoles me dijo:” si fueras polaco te hubieran revisado a fondo todo porque no los ven responsables”.

Los polacos apenas bajaban a tierra y siempre comían abordo en las horas de rancho. Eran de buen comer. Algunos tripulantes uruguayos de “mentes estrechas”, despectivamente los tildaban de roñosos y tacaños. No  comprendían que un dólar americano era en su país mucho dinero y por eso trataban de no gastar. Polonia les otorgaba autorización de salir del país para navegar por unos 3 o 4 años, y así era la oportunidad de ganar algún dinero bueno. Y como su viaje no era de placer, hacían lo correcto: “ahorrar”. Me comentaban de la mucha escasés de artículos que había en Polonia. Faltaba de todo: café, frutas, comestibles. Los susodichos inclusive tenían vedada la ida a tierra en muchos países, sobre todo los de influencia británica; es que las autoridades del lugar temían que desertaran del barco y por eso los confinaban abordo.

Fueron esos marinos polacos los que de regreso en su patria contaron a sus familiares y amigos que había más allá de la cortina, un mundo diferente y fascinante; un mundo moderno de libertades de expresión, repleto de bienes de consumo novedosos y accesibles a la compra, con un nivel de vida que superaba ese techo que tenían en su tierra. No creo que fuera distinto con los marinos rusos que surcaban los mares con la flota mercante soviética. En general poco sabía el mundo de lo que pasaba detrás de la cortina y mucho menos sabían los rusos y polacos de lo que pasaba en el mundo.  Quiero recordar que por aquel entonces hubo un levantamiento popular en Polonia que fuera acallado por el General Jaruzelsky mediante la implantación de un estado de sitio. Pero el mundo también escuchaba y se maravillaba con las acciones de otros dos polacos increíbles: Lech Walesa, obrero electricista de los astilleros navales de Gdansk, líder del cada vez más popular sindicato “Solidarnosc” (Solidaridad) y que a la larga se convirtiera en presidente de Polonia y Karol Wojtyla, obispo católico que accediera al trono de Roma como el Papa Juan Pablo II.

 

Cosas que ocurrían en Rusia:

 

Bajar a tierra implicaba hacerlo con una credencial que se otorgaba al tripulante a la llegada a puerto. El no respetar las normas vigentes significaba el retiro de dicha credencial y la confinación abordo hasta la salida del barco. Para salir de la zona portuaria había que llevarla, esto es normal en general en el mundo. Pero ¿era lógico tener que presentar esa credencial cada vez que yo bajaba para efectuar la diaria inspección de casco y lectura de calados temprano en la mañana?  En el muelle había guardias, principalmente jóvenes que custodiaban los barcos las 24 horas. Entre ellos no se hablaban, se recelaban; unos eran superiores de otros y a veces me tocó presenciar “miliqueadas”. Estaban ahí, según nos dijeron algunos obreros, para evitar que los marinos extranjeros intentaran quedarse en suelo de Rusia, de ese paradisíaco país al que muchos querían entrar y establecerse ilegalmente. Donde fueras había guardias. Pero cualquiera se da cuenta que esa presencia de vigilantes, era para todo lo contrario: evitar que ciudadanos rusos escaparan escondiéndose en los barcos como polizones. De la Rusia de Breznev no se salía así no más.

El permiso de permanencia en tierra vencía a la medianoche. Esto ocurría comúnmente en los países con regímenes socialistas populares; si volvías después de medianoche, perdías la credencial y no bajabas más nunca del barco. Por eso las amistades que uno hiciera, eran frecuentadas hasta ese límite. El transporte público vespertino era un terror. De noche no había ómnibus y tenías que parar un auto cualquiera para que te llevara. Todos los autos funcionaban como taxi. Pero no eran muchos, así que la lucha por treparse a uno era grande.

Supuestamente la mujer rusa tenía prohibido alternar con hombres extranjeros a no ser por razones laborales. Pero nadie cumplía con eso y había mucha prostitución encubierta. Para poder salir del país, una mujer intentaba contraer matrimonio con un marino extranjero. Unos dos años después lograba un pasaporte, pero al marido quizás nunca más lo viera. Un compañero del barco, el gallego Manolo (porque como todo buen gallego se llamaba José Manuel), se hizo de una novia rusa; le compró un obsequio en un freeshop (un reloj pulsera) y quiso llevárselo a la casa. El Capitán le aconsejó que no lo hiciera pues podía comprometerla con las autoridades. El gallego igual fue, yo lo acompañé. La joven vivía en un complejo habitacional. Tuvimos que dejar nuestras credenciales en la portería donde en una planilla quedó registrada nuestra visita.

También me llamó la atención que en la Disco vendieran naranjas. ¡Qué poca clase! Pero en aquel entonces, no era fácil conseguir naranjas en Leningrado y resultaba todo un atractivo en el lugar bailable.

 

Tour por la ciudad:

 

Leningrado era una ciudad edificada en las orillas del río Neva, donde vi  gente en malla intentando captar algo del tímido Sol primaveral de mayo mientras yo lucía ropa de abrigo. Ciudad  de viejos y tristes edificios con altas ventanas rectangulares impregnada de arte egipcio pues cada tanto hallábamos esfinges custodiando los pasajes. Por todas partes se veían descomunales carteles de propaganda soviética  que ostentaban las imágenes de los líderes: Lenin, Marx, Stalin, Bresnev y otros. Comparada con otras urbes europeas noté poco movimiento; coches escasos y vetustos que quizás no fueran viejos, pero lo parecían. Al subir al ómnibus había que depositar el importe del viaje (una monedita) en una alcancía y retirar el boleto como quien saca número en un comercio. El conductor del bus iba encerrado entre mamparas metálicas de modo que no se lo veía desde dentro. El ómnibus costaba más que el trolebús y este más que el tranvía. Pagar el viaje era cuestión de conciencia.

El Club para Marinos, también propiedad del Estado, organizaba excursiones para el personal de mar. Así pude conocer el complejo de edificios conocido como Petropaulus (o fortaleza de San Pedro y San Pablo) en las afueras de Leningrado. Es visita obligada, la cárcel del complejo destinada a presos políticos de tiempos de los zares; en ella estuvo Feodor Dostoievsky, único penado a quien autorizaban a escribir. La tortura era sicológica; en las celdas no permitían ninguna actividad más que dormir por la noche; por la mañana era retirado el camastro. Las ventanas diminutas de las celdas daban a un patio amurallado cuyos altos paredones apenas dejaban ver el cielo. Los guardias daban la espalda a los prisioneros cuando eran conducidos a las celdas de modo que no sabían quiénes estaban confinados en ellas. Recuerdo que las pobres guía turísticas eran constantemente asediadas con ironías tales como: ¿…y las cárceles de ahora son mejores que ésta? Es que los marinos que me acompañaban en la visita, que no eran de mi barco sino de uno español, conocedores de la realidad rusa, descargaban crueles comentarios alusivos al régimen soviético en todo momento. Fue inevitable que la guía en algún momento se enojara y preguntó: ¿qué sabe usted de la Unión Soviética? Y en realidad en ese tiempo se sabía poco porque el régimen filtraba la información. Apenas llegaban noticias de Rusia. Pero los europeos tenían un poco más de información que nosotros los latinoamericanos. Del mismo modo que Radio Moscú transmitía propaganda soviética en español para América Latina, Radio Europa Libre transmitía noticias del mundo occidental, desde algún rincón de Europa, destinada a los radioescuchas que vivían más allá de la cortina de hierro.

Volviendo al tour, recuerdo que el ómnibus iba tan rápido que apenas podía enfocar mi pequeña cámara hacia algún objeto interesante. No es que estuviera prohibido tomar fotos (salvo en los museos, lo que es normal en toda Europa), pero presentía que esta acción resultaba algo incómoda. Al igual que yo, ninguno de mis compañeros fue molestado en ningún momento en la calle por la policía, agentes migratorios u otro tipo de controles, pero teníamos la impresión de que nos vigilaban todo el tiempo. Puede que solo fuera sugestión al ver tanta guardia, tantos uniformes militares, porque si algo me quedó grabado en la memoria fue la fuerte presencia en las calles de militares uniformados, porque en Leningrado hay varias academias militares.

Nos llevaron a un templo transformado en museo donde se exponían barcos de guerra a escala. Es que como ya dije antes, los templos religiosos se habían convertido en museos y estos abundaban.

Otro tour diferente eran las visitas que hacíamos a uno de los compañeros polacos internado en un Hospital. Como anécdota nos contaba que por la noche los internados se escapaban por las ventanas y regresaban borrachos a la mañana siguiente. Se ve que poco era el control que había en el nosocomio. Observé  que las ventanas, altas y rectangulares, carecían de cortinas; cuando lo comenté abordo, un polaco que era mi jefe, el correctísimo señor Karlovsky, me dijo: “Fernando, puede que las hayan arrancado y las usen como frazadas para cubrirse por la noche”. . .

 

El mundo socialista no era todo igual:

 

Antes de Rusia estuve en China, y aunque Mao ya había fallecido, su país seguía más o menos igual que como él lo había dejado. Ambos países compartían el mismo sistema totalitario, pero lo instrumentaban de maneras diferentes. Digamos que la burocracia china no era tan espantosamente asfixiante como sí lo era la soviética. Eso se veía reflejado en ciertos aspectos de las relaciones económicas del barco y los proveedores marítimos donde no se practicaba la rigidez de Rusia. De todos modos en China no se nos permitía deambular por las calles más allá de la medianoche. Pasé 3 días en un hotel de Tientsín (la 3ra ciudad en importancia después de Pekín y Shangai) debido a un problema médico odontológico que padecí, y si bien durante el día iba y venía con total libertad, de noche enviaban un cuidador a vigilarme que montaba guardia en el pasillo y con el que tenía un trato cordial.

Mientras que la Europa Oriental hervía en libertades sexuales, China se jactaba de no tener meretrices. Una vez escuché una conversación de un barco griego anclado próximo a nosotros que solicitaban “chicas” a su agente marítimo. Por cierto que éste se hizo el que no entendía; los griegos insistían entre burlas y risas. La práctica de la prostitución era una práctica abominable en China. Al igual que en Rusia, la mujer tenía prohibido conversar con extranjeros salvo por asuntos estrictamente laborales. Curiosamente una señora, que iba con su bebé en brazos, contestó mi saludo e intentó tener un gesto de hospitalidad por breves segundos cuando vio que yo celebraba el ver la angelical carita del niño. Me sorprendió que otro niño llamara a su progenitora con una palabra que entendí perfectamente: “mamá”

Tampoco me resultó tan complicada la estadía en Alemania Oriental donde si bien había similitudes con Rusia, en el fondo era “Alemania”. Allí íbamos y veníamos sin problema a cualquier hora del día y de la noche. Pero era inevitable comparar una Alemania con la otra; la Oriental parecía estar detenida en el tiempo; me recordaba a esas películas de la 2da Guerra Mundial. Eran el día y la noche aunque los pobladores de ambos lados sin duda tenían algo en común: eran “alemanes”.

Habrán notado que a lo largo del relato no usé en ningún momento el término “comunista”. En el caso de Rusia, ese país formaba parte de la URSS, o sea de las repúblicas “soviéticas socialistas” aunque el que mandara fuera el partido comunista. China era por su parte una “república popular” y  Alemania Oriental se autodefinía como “República Democrática Alemana”.

 

Concluyendo:

 

Dejo aquí este relato al cual podría seguir agregando cosas. Simplemente fui testigo de eso que se ve a primer golpe de vista. Que cada uno juzgue con buen criterio. También en el mundo por fuera de la cortina de hierro viví cosas formidables y otras muchas bastantes desagradables. Pero de ningún modo esos países totalitarios eran el “paraíso” que pretendía hacernos creer la propaganda política (tampoco lo son los de occidente). No puede ser un paraíso un lugar donde no se predica con el ejemplo, pues lo que está prohibido es lo que más se hace (a escondidas y a la vez, a la vista  de todos). Ningún paraíso es posible en un país donde hay carencia de todo y donde la gente no ve en él la posibilidad de prosperar. ¿Qué dejó ese “socialismo”? En la Europa de oriente esos pseudo paraísos hicieron de sus trabajadores, gente laboralmente poco competitiva que a posterior de los procesos de cambios, se convirtiera en mano de obra europea barata.