CRÓNICAS DE VIAJES: Crónicas de otros



CRÓNICAS DE OTROS

 

“Dos gallegos: Manuel y Ramón han naufragado y hace varios días se encuentran abandonados en una desolada isla diminuta. Y uno le dice al otro:

-¡Tengo hambre Manuel, me estoy muriendo de hambre!.

-¡Por la ostia, no me lo recordéis Ramón, que más hambre tengo yo!

De pronto algo a lo lejos llama la atención de ambos desgraciados celtas.

-Mira hombre, hay un barco en el horizonte, hagamos señas, puede que nos vea.

Prontamente los gallegos encienden una fogata y agitan unos trapos de vivos colores procurando la atención del navío que efectivamente los ve y acude a socorrerlos.

-¡Nos ha visto vale, está dando la vuelta!

-¡Cierto Ramón! Se está acercando. ¡Estamos salvados!

-Mira Manuel, que está ya tan cerca que hasta puedo leerle el nombre ¿qué dice? Ti…Ti…¡TITANIC !

 

Cuentan que durante la guerra de Malvinas, hubo ayuda gallega para las tropas argentinas: un submarino repleto de los más expertos paracaidistas celtíberos. Pero los ingleses lo hundieron fácilmente: mandaron un buzo a golpear la escotilla de entrada. Los gallegos al sentir que alguien llamaba a la puerta abrieron a ver quien era. Y así se hundió.

 

Los anteriores no fueron los únicos casos de catástrofes gallegas en el mar. Una vez se quedó sin máquinas un pesquero en La Coruña y varios de sus tripulantes se ahogaron. Es que se bajaron a empujar”.

 

Nosotros los yoruguas

 

¡Cuántas barbaridades escuchamos de otros! Y cómo nos reímos. Hasta las vemos como un aspecto característico de ciertas etnias. Decir “bestia” o “bruto” en Argentina y Uruguay es referirse por lo general a los gallegos, mientras que en Holanda lo es a los belgas; en Estados Unidos a los polacos y en Venezuela a los llamados “gochos”, que son los venezolanos andinos. Como que nosotros los “yoruguas” fuéramos mejores, como que en nuestro país todos fueran aciertos. Sin embargo dentro de las bestialidades “made in Uruguay”, una de las más recientes perlitas es que acabamos de perder 150 millas de mar territorial por mera negligencia en las gestiones, cosa que no ocurre muy a menudo; porque un estado no pierde territorio por pelotudo. En efecto, la ONU, que fuera muy condescendiente con nuestra pequeña república, ha reprobado la solicitud uruguaya de extender su mar territorial de las ya existentes 200, a 350 millas náuticas más (1 milla náutica equivale a 1,85 Km.). Lo anterior supone el haberse esfumado la oportunidad de disponer de más de 100.000 Km. cuadrados (medio Uruguay) de jurisdicción con la consecuente posibilidad de explotar recursos marinos (pesca, extracción de hidrocarburos, etc), pues en el informe faltaban datos y relevamientos. Es vergonzoso que esto haya ocurrido a expensas de los propios interesados solicitantes y sin la necesidad de que algún otro país se opusiera, como es el caso de Venezuela, que se ha mostrado contraria a que Guyana amplíe sus aguas territoriales, o el interminable litigio entre Argentina y el Reino Unido en torno a las Malvinas y sus aguas circundantes.  No es la primera vez que sucede; el Cabildo de Montevideo firmó con Brasil en 1819 el fatídico “Tratado de la Farola” que consistió en la construcción de una gran baliza náutica; el faro que resultó ser el más caro del mundo, emplazado en la hoy llamada Isla de Flores frente a la costa de Canelones y que comenzara a funcionar en 1828 con el propósito de disminuir los accidentes en proximidades del Banco Inglés. Como la recaudación aduanera, con la que se pensaba cubrir los gastos, no fue suficiente, se pagaron al país norteño los honorarios de la monumental luminaria con un extenso territorio, las Misiones Orientales; y otro tanto aconteció en 1851, cuando luego de múltiples tratados de límites, Brasil salió nuevamente ganando, con lo que el país se redujo a “paisito”. Y ahí quedó, irónicamente del otro lado, el llamado Pueblo Albornoz, apellido cuya terminación en “z”, demuestra su origen español que no portugués. Sigamos con otras cuentas del collar de tragedias orientales: actualmente tardamos horas en trámites protocolares para cruzar a los países vecinos en un MERCOSUR en que se supone, debería agilitarse el tránsito de ciudadanos entre países miembros; un MERCOSUR donde los grandes hacen lo que se les antoja mientras los chicos deben hacer lo que esos grandes les mandan. Estamos también hasta el cuello en un juicio iniciado por una tabacalera multinacional como consecuencia de las campañas estatales contra el cigarrillo, vicio que felizmente dejé hace más de 15 años y que me alegra, los gobernantes combatan, pero poniendo cuidado, no provocando situaciones donde otra vez se observa la prepotencia de los poderosos contra una nación que demuestra tener escasa fuerza. Siguiendo con otros asuntos errados, la seguridad pública y la Educación están peor que nunca. Desde que se retomó la democracia en 1985 que no caía un Consejo de Enseñanza;… y las deserciones estudiantiles no han dejado de crecer, y por supuesto que se le cargan las culpas a los maestros y profesores, los siempre culpables de que el Sol se vea amarillo y salga temprano en la mañana por el cielo de oriente, los que estamos en la vanguardia exigidos de buenos resultados pero con menos respaldo que un taburete; los que corremos todo el día de un colegio a otro y de un turno a otro, porque en uno solo no da para vivir.

 

 

Viveza criolla

 

Los yoruguas juntamos méritos suficientes para convertirnos en la más pintoresca de las etnias de brutos de esas de las que se escriben cuentos y chistes, resaltando como principal e ineludible cualidad: la mal nombrada “viveza criolla” (pues debería llamarse “torpeza criolla”), actitud que consiste en creerse los únicos vivos en este Universo, y que sus más notables características son: la ventajeada o garroneo, el hacer cebo en el laburo hasta coronarse como “ñoqui”, el cuestionar todas las directivas y órdenes recibidas amenazando compulsivamente con denunciar la situación al sindicato, hacer paro, conflicto y huelga, declarando que “no nos hacemos responsables de la situación ni de sus consecuencias”. Pero a veces el conflicto es lamentablemente el único lenguaje que ciertas autoridades entienden. Mientras escribo estas líneas recuerdo el comentario que me hacía un compañero venezolano: él decía notar en los uruguayos falta de amor por su tierra, porque siempre los escuchaba renegar de ella. Bueno, es que también en esa época estaba la dictadura, que no era muy popular que digamos, sobre todo con los uruguayos que vivían en Venezuela. Pero creo que ahora, después de casi 30 años, sería parecido. Como que nos hemos acostumbrado a la queja.

Un ejemplo de chiste de yoruguas, puede ser el siguiente: “Dos hermanos yoruguas trabajan en un barco, uno de marinero y el otro como ayudante de cocina, y uno le dice al otro: -ayer puse un telegrama a nuestros padres avisando que estamos bien; tenés que pagarme la mitad del costo.

-¿Y por qué debo yo pagarte la mitad si lo mandastes por tu cuenta sin consultarme?”

-Porque no puse ‘estoy’ sino ‘estamos’, en plural,¿oistes?  En  p-l-u-r-a-l. Por eso.”

Y ya sé que se dice “mandaste” y “oíste”, pero como a parte de todo también se habla mal…

Desde hace años pienso que el Uruguay es un país imposible de invadir militarmente; aún por el ejército más poderoso de la OTAN. ¿Se imaginan una tropa de choque en la frontera, armada hasta los dientes y lista para entrar en acción? Del otro lado nosotros los yoruguas, saludando y chiflando, festejando, aplaudiendo y vivando el encuentro, ¡ah! y también tocando el tamboril…mientras que sigilosamente se selecciona al candidato a joder entre toda esa brava multitud parada enfrente. En algún momento los pobres y desprevenidos atacantes, confiados en su superioridad armamentista comienzan a avanzar a paso redoblado no entendiendo mucho la actitud del rival, que lejos de mostrarse agresivo, celebra la maniobra de manera amistosa clara y convincente, hasta que se produce el encuentro cuerpo a cuerpo, y allí lo meticulosamente planeado: apretados y eufóricos besos y abrazos gritando “¡Amigou míou! ¡Welcome my friends, nice to meet yu!”. Se los abraza con la mayor efusividad, en lo posible entre varios, para punguearlos claro está, ya de primera, porque luego vendrá el otro verso para el desplume: “¡mi cambiar money, good change! . ¡Pobres desgraciados candidatos a dejarlos en pelotas!, como aquellos marineros rusos que intentaron canjear sus dólares por plata uruguaya en las calles de Montevideo y lo que recibieron a cambio fueron “fiducias”, aquellos billetes de joda sin valor monetario alguno, con la imagen de Benito Nardone , el popular Chicotazo; cuentan que hasta el embajador de la URSS se quejó. Por algo nadie ha intentado invadir al Uruguay últimamente.  Y sin embargo en el mundo hay otros vivos. Lean el siguiente proverbio; lo aprendí de un Capitán argentino:

“Para joder a un cristiano, se necesita un judío. Para joder a un griego, se necesitan dos judíos. Y para joder a un holandés se necesitan ¡dos griegos!”  Como ven, los yoruguas no entramos en esta mención, y tampoco los argentinos.

 

Como lo vengo expresando desde el principio, los seres humanos pertenecemos al “reino animal”, y muchos sin duda no dejan de manifestarse como tales para que el resto de los vivientes no olvidemos que de allí procedemos; más precisamente resultamos ser parte de los mamíferos; según Darwin y Wallace, descendientes de una rama de primates que evolucionaron de forma diferente a los monos; factibles en cada momento de nuestra vida de cometer animaladas. Creo que dentro de esas actitudes, son igual de pecaminosa tanto los excesos como las carencias; el hablar de más como el no hacerlo cuando corresponde, el censurar y prohibir al extremo, como el dejar hacer lo que venga, la prepotencia como la impotencia, la audacia temeraria total como el vivir lleno de miedos. Estas actitudes se originan en lo que el genio del escrache, Dante Alighieri llamaría “ira y pereza”, que son actitudes de vida extremas y que en el Uruguay se practican muy bien, porque: o no pasa nada y seguís en la joda dale y dale, o te lapidan espantosamente al punto que no te levantás más. Nuestra sociedad uruguaya toda, como que no está en un buen momento que digamos tan solo porque no hay casi controles de los actos. Eso tan enaltecedor llamado “Democracia” se ha convertido en “Desbolacia”, en un “hago lo que se me canta y tá”. Como que las actuales autoridades prefieren confiar en que la gente va a proceder bien porque como somos todos buenitos y respetuosos... Para esa perezosa actitud, basta escuchar los reportes que narran con qué intensidad se practica la ira en nuestro país, que ha dejado de ser seguro en el andar por las calles y lugares públicos, aunque algunas personalidades del oficialismo hablen de que solo es una “sensación”, sin ser las únicas equivocadas ya que otra autoridad ya pasada, dijera en su momento algo espantoso: que las democracias son “gobiernos triviales”, o sea naturalmente dispuestos a la pereza, a dar poca bola a los problemas de la gente. Esto no me lo contaron; yo lo escuché de boca del mismo que aseguró siendo presidente, el no haber perdido nunca un conflicto. Unos días después de ese infeliz comentario, Felipe González, el entonces primer ministro de España, democrático también, manifestó a la prensa mundial, su nada trivial gran preocupación ante el cierre de fábricas en su país, y con ellas la pérdida de numerosos puestos de trabajo. Tuve el gusto de informar todo este contraste ideológico sobre la democracia, a un candidato presidenciable del mismo partido del que dijo las barbaridades que dijo. Lo hice en una reunión en época de elecciones a la que fui invitado, y si lo escribo aquí es porque pretendo que jamás se olvide ese horroroso pensamiento, porque democracia no es ni pereza ni desorden, y la consigna no es darle por la cabeza a cierto partido o grupo político en especial, sino a todos los malintencionados que una vez en el poder, sin importar el color, son indiferentes a lo que le ocurre a la gente que los puso en ese puesto.  

Tratando no obstante de pensar en positivo, mirando hacia adelante en medio del agua revuelta que actualmente nos inunda, evoco un acontecimiento bíblico ejemplar donde abundan las dificultades sociales. Cuando el patriarca Josué sucedió a Moisés en la conducción de los israelitas a través del desierto, cayó en la cuenta de la enorme responsabilidad que enfrentaba y sin duda se asustó un poco o tal vez bastante. De hecho a mi me pasaba cada vez que debí abordar un barco nuevo con un capitán nuevo y tripulación desconocida. Ahora me sigue ocurriendo todos los años cuando tomo contacto por vez primera con los grupos en los liceos, sobre todo en el público, porque no sé qué puedo encontrarme dentro. Es que si bien lo que voy a encontrar son personas necesitadas de adquirir conocimientos, no todas ellas entienden el correcto sentido de lo que es el sistema educativo y por ende la razón de estar allí en una “casa de educación” que no es un club social, ni una guardería y que en cuanto a divertimento no se compara con el parque Rodó. Eso hace que mis preocupaciones por lograr buenos resultados sean muchas veces cuestionadas y descalificadas por quienes abusan del beneficio de asistir al liceo a costillas del pueblo, que en definitiva es el que paga, a no hacer otra cosa más que molestar e interferir con los que sí quieren estudiar y lograr pasar a la etapa siguiente. Creo que así se sentiría  Josué, porque ya Moisés tuvo que afrontar serias rebeldías por parte de quienes creían que era mejor abandonar la aventura de la tierra prometida y retornar a la esclavitud de Egipto.  Dios entonces dijo a Josué: “-Mira que te mando que te esfuerces y que seas valiente”, como aclarando: “no esperes que yo lo haga todo; rascate menos y movete más,… y tomá decisiones aunque resulten para algunos antipáticas, pero que te vean que ejercés la autoridad“. Cuando siento temor de iniciar algo procuro recordar este mandato del Creador. Así en algún momento advierto a esos asistentes inmotivables algunos, desubicados otros, que en la educación pública, los estudiantes tienen la obligación de devolver al pueblo lo que el pueblo les otorga con sacrificio. Y la forma de hacerlo es con una buena actuación, obteniendo buenas calificaciones en las materias. Y sabido es que yo no inventé esa idea sino que la adecué de otra más profunda sobre el costo económico de preparar profesionales, que luego muchos, se van del país. Bien, esto es muy polémico, tiene muchas puntas, pero creo que todos coincidimos por encima de otros intereses, en que los estudiantes secundarios deben asistir a los centros educativos con actitud de estudio y trabajo y no buscando farra. Y el filípico sermón a veces lo concluyo refiriendo algunas de las historias muy triste en la que no puedo evitar emocionarme aunque tengan un final feliz y que podrán leer más abajo si es que no abandonan aquí la lectura hartos ya de mis desvaríos.

 

Un veterano de guerra en la familia

 

Fiel a lo que dije, mi anterior crónica fue la última de mis experiencias navegando, lo que no significa que no haya otras dignas de ser contadas pertenecientes a personas que conocí (no siempre en el mar) y me las confiaron. Cuando se da la oportunidad, cuento alguna de ellas en clase como siempre buscando que de la historia se pueda hacer luego alguna reflexión enriquecedora. No todos los estudiantes tienen las mismas vivencias y eso lleva a que a muchos les cueste comprender lo que significa “emigrar”; y eso que nuestra gente lo ha padecido hasta no hace mucho, primero por la dictadura, luego por la falta de oportunidades u otras desconformidades. Al emigrante le pasa lo mismo que a aquellos hebreos que seguían a Moisés y Josué; se quieren ir porque sienten que viven mal, porque necesitan de un cambio, pero no tienen tampoco mucha garantía de que al irse logren lo que buscan.   

Aunque mi tía Hilda, hermana de mi madre, lo llamaba “Yosu”, que es el equivalente a “Jesús” en español, que es, como canta Zitarrosa, el nombre de “nuestro Señor”, yo nunca lo llamé así. Para mí y mi hermana, era el “tío Jesús”. Bien, al ser el marido de mi tía materna, era tío político, y no me gustó enterarme que era un tío postizo, condicionado por el matrimonio, porque era tan querido por todos que se ganó un lugar bien merecido en el corazón de la familia. Tristemente confieso que yo no logro con mis sobrinos, ser como él era con nosotros. Jamás lo vi encolerizado, aunque motivos siempre tuvo; bastaba con soportar a la imbancable de mi tía Hilda ya con eso tenía suficiente argumento para la ira, y sin embargo no ocurría y tampoco afectó la estabilidad de la pareja que perdurara hasta su fallecimiento (Hilda lo siguió dos años después). Eso no significa que fuera flojo de carácter, como lo demuestran algunos episodios de su vida tanto en España como en Uruguay. La guerra civil lo templó. Cuentan en la familia, que una vez encaró a tres fulanos que lo hostigaban por temas sindicales; parece que un día se decidió a encararlos hasta las últimas consecuencias; los hizo pasar a su pequeña oficina en la portería de la empresa, diciéndoles que tenía que hablar con ellos y una vez adentro cerró la puerta y les cortó las caras con sus palabras de advertencia terminal y enseñándoles el revolver que portaba y el que prometió usar en caso de que por esos días tuvieran los oídos algo tapados. No les quedó otra que dejarlo tranquilo. Y sin embargo jamás fue violento con los suyos. Me acuerdo que cuando mi prima Irune (su hija única) era chica, le dio una rabieta y se negó a ir a la escuela. Luego de un razonable tiempo de reflexiones sin resultados, Jesús le acomodó una palmada en el culo, pero dio tantas vueltas para dársela que no fue muy efectiva que digamos. Es que así era él con todos nosotros, más bueno que el pan.

Jesús Zuazola Amatriaín llegó al Uruguay cuando contaba 31 años, como tantos inmigrantes españoles, huyendo de la miseria de la post guerra civil, miseria económica y moral, sobre todo cuando estabas en el bando de los que les tocó perder, el de los Republicanos, el de los que hicieron frente a ese gallego llamado Francisco Franco, oriundo de la localidad de El Ferrol, lugar que pasó a conocerse como “El Ferrol del Caudillo, gallego que convenciera a los moros de apoyarle militarmente, prometiéndoles que si morían en combate, automáticamente resucitarían en Marruecos, y que posteriormente eludiera colaborar con el “eje” en la Segunda Guerra porque según él, España no podía enfrentar un nuevo conflicto después de aquel que debiendo durar tres días, duró tres años; gallego que alcanzó un curioso grado militar: el de “generalísimo”.

Jesús era de origen vasco tal como sus apellidos lo confirman, aunque nació en la provincia de Navarra  (¿navarro o vasco, o ambos?). Esa provincia no forma parte del País Vasco, aunque la etnia vasca está repartida en varios territorios, pues no solo habita fuera de Euzkadi sino también fuera de España, como ser en Francia, de donde según se dice proviene mi familia materna, los Benoit, que en francés significa “Benito”, aunque la bestia yorugua que inscribió a mi abuelo en el Registro Civil, cambió las letras convirtiendo el apellido en “Benoyt” que no significa nada en ningún idioma ni en ninguna parte.

Siendo aún adolescente, fue reclutado por las milicias de la República porque era robusto pese a que contaba algo así como 15 años de edad. Otros chavales que se presentaban eran enviados a casa, pero él quedó alistado. No tardó mucho en caer prisionero. Al terminar la guerra debió enfrentar el servicio militar como cualquier ciudadano y lo trasladaron a los territorios españoles del norte de África donde se acantonaba la Legión Extranjera  española, uno de los grupos más duros militarmente hablando cuyos integrantes desfilan dando pasos amplios, provocativos, y con la camisa abierta, mostrando el pecho desnudo, y que cuando van al pueblo y borrachos arman algún despelote, se resisten al arresto a menos que lo haga un superior directo, porque “un legionario solo se entrega a otro legionario”. Cuando se vio libre y luego de un tiempo en el que trabajó en los astilleros de Bilbao, él y cuatro de sus hermanos se vinieron al Uruguay. En España quedó el único que nunca conocí, el que enloqueció con el conflicto y vivió solventado por el resto en un hospicio psiquiátrico hasta fallecer.

Mi tío poco o nada hablaba de la guerra, ni conmigo ni con otros, como yo poco o nada hablo de esos fracasos y vivencias desprolijas que deseo borrar por completo de mi disco duro. Lo poco que sé, casi no lo escuché de él sino de mi tía y mis padres, como aquello de que  iba corriendo en retirada junto a un primo cuando una bala de obús le arrancó a éste la cabeza. Vio cómo el cuerpo seguía avanzando unos pasos más hasta desplomarse; el proyectil estalló más adelante matando a otros. Una vez me dijo: “las balas te zumban, no puedes ver hacia adelante”. Se alistó voluntariamente en el ejército cuando padeció una fallida evacuación de ciudadanos que se hizo en el País vasco donde varios lanchones cargaban gente como podían y luego partirían a Francia. Al no encontrar a su madre y hermanos se bajó de la nave que había logrado abordar en medio de la desordenada y demandante multitud ¡Qué desgracia! Estaban relativamente cerca y en la misma barca, pero no los vio. Así zarparon de súbito y él quedó junto a otros en el muelle gritando e implorando desesperadamente por auxilio. No pasó mucho tiempo para que una horda desenfrenada del bando franquista arremetiera contra él dándole una paliza. Lo lastimaron. Otro grupo que lo encontró abandonado, llorando y maltrecho intentó socorrerlo; cuando confesó ser de ideas republicanas vivió el mismo drama recibiendo una segunda paliza. Así solo y desamparado con tan solo palizas en su inmediato futuro fue que se le ocurrió alistarse, pensando que por lo menos tendría un lugar donde comer y compañeros que lo protegieran. Pero como ya dije antes, no tardó mucho en caer prisionero. No es de extrañarse, si era un niño, no un soldado experimentado con entrenamiento. Fue llevado a trabajos forzados. Tenía una cicatriz de bala en la espalda que la ganó por negarse a una faena de mover enormes troncos; es que la mala alimentación y el rigor lo tenían muy debilitado, así que en un momento que no pudo más, se negó a seguir. Lo amenazaron con pegarle un tiro que se lo pegaron no más porque fue lo que prefirió. Contaba que se alimentaba con cáscaras de frutas que obtenía hurgando entre los desperdicios del campo de concentración que custodiaban las tropas fascistas enviadas por Mussolini, como ayuda al caudillo de El Ferrol;  fue una de las pocas cosas que me recordaba cuando me venían esos berrinches de niño malcriado y protestaba por la comida que me servían. La guerra provocó en él un horror atroz a los aviones. Es que con su familia vivía en un simpático pueblito donde todo iba bien hasta que un día aparecieron aquellos terribles terodáctilos metálicos que soltaban huevos explosivos sobre las casas destruyendo e incendiando todo. Cuando a poco de casado con Hilda viajó con ella a España donde aún vivía su padre, lo hizo en barco porque  no soportaba ver un avión. Pero los tiempos de paz curan muchas cosas y entonces, cuando contaba con una edad de alrededor de 70 años, pudo abordar aviones luego de entender y aceptar que no solo eran máquinas para matar gente, cuando logró verlos como medios de transporte, y por esos tiempos en que hubo que atender asuntos familiares en la Madre Patria y en Australia, donde residía su hermana María Concepción. Recién ahí sacó de su mente esa imagen de los “pájaros de la muerte” que destruían todo por debajo de donde pasaban volando.

De lo poco que lo escuché hablar de la guerra civil española, hay una anécdota: parece que las brigadas fascistas italianas poco querían comprometerse en el conflicto y eran bastante displicentes. Bien, después lo demostrarían mejor en la Segunda Guerra mundial. Una vez el comandante de un pelotón italiano gritaba durante un procedimiento “¡a la metralleta, a la metralleta !” . La tropa lo interpretó entre el ruido de disparos como: “¡a la camioneta, a la camioneta!”. Todos subieron corriendo a un transporte militar que rápidamente abandonó la escena del combate donde curiosamente llevaban las de ganar. Les estamparon en la chaqueta del uniforme, en la espalda, la imagen de una mano negra en señal de cobardía.

Jesús Zuazola Amatriaín falleció hace ya algunos años y su recuerdo quedó vivo y seguirá quedando mientras siga yo dando clase y refiriendo su historia. Falleció durmiendo, como pienso mueren las personas buenas. Sé que no es así porque he visto morir a otras personas también buenas y lo hicieron no placidamente sino sufriendo. Pero él, que tanto las pasó en vida, se fue de un sueño al otro como un regalo de ese buen Dios en el que le costaba creer pero al que siempre respetó, pues tampoco nunca vi que lo contrariara con malas obras; posiblemente hasta haya sido mejor discípulo que yo que nunca me tocó vivir iguales penurias. No lo culpo; la España de Franco simulaba ser cristiana; había que ir a misa los domingos pues de lo contrario eras mal mirado; eso decía. De haber tenido una tendencia al cristianismo, hubiera permitido la libertad de cultos, como Jesús lo hizo en su tiempo, cuando prohibió a sus discípulos censurar a un predicador de Dios que no formaba parte del grupo de ellos. Recordemos aquella memorable frase: “quien no está contra mi, es porque está conmigo”; toda una revelación de lo que sucedería muchos siglos después en Europa con el cisma protestante. Habría si advertido a las autoridades civiles del peligro de ciertos cultos paganos con riesgo de muerte, mas sin otro intervenir. Pero como que los curas se aprovecharon de la fuerza política para acomodarse ellos y vivir a expensas del pueblo. Menos mal que en el Uruguay las Iglesias todas están separadas del Estado. Me alegro del hecho pese a que soy católico y desde hace años trabajo en colegios católicos. Es lo mejor para el pueblo y para la misma Iglesia. Entonces prefiero creer que simplemente Dios se lo llevó porque entendió que ya merecía descansar. El velorio fue larguísimo. Faltó que pasearan el cajón (como hicieran con Celia Cruz en Estados Unidos),  por todos los sitios que solía frecuentar: por el Club Español, por el Club Euskaro, por la Institución Euskal Erría y por el glorioso Club Nacional de Futbol (cuadro del que era hincha activo y donde en sus últimos años solía ir a ver TV en pantalla gigante). Por mi parte enganché a la mortaja un pequeño escudo con la tricolor bandera de Euskadi.  Refiero a veces esta historia de mi tío Jesús a los alumnos para que valoren lo que es la oportunidad de estudiar. Concluyo diciendo: “no todos los jóvenes del mundo tienen esa gran oportunidad que sí están teniendo ustedes de cursar; de escuchar una clase ya sea de Historia, de Matemáticas, de Geografía, etc. Muchos adolescentes con edades como las suyas, intentan sobrevivir en infrahumanas condiciones, más de uno defiende una trinchera en estos momentos pensando en matar o en que lo maten. Observen la suerte de mi tío que siendo adolescente vio truncada su oportunidad de estudiar porque lo agarró la guerra y sus consecuencias postreras. Valoren esto que viven hoy, que no saben cuánto más va a durar.

Pero ¡qué curiosos son los comportamientos de la gente! Mientras la guerra arrasaba con la vida de los nacidos en Iberia, otros nacidos fuera de esa gran “isla de piedra”, se alistaban voluntariamente para combatir. Así, un gallego nacido en México que conocí aquí en Uruguay me comentaba que integró un escuadrón de voluntarios hijos de españoles que voló desde América al viejo mundo y fuera lanzado en paracaídas por la noche. Cayó en un campo durante el invierno europeo. Luego de caminar un poco, divisó un grupo de hombres junto a una pequeña fogata. Se arrimó y comenzó a conversar con ellos hasta darse cuenta que eran del bando contrario. Allí poco a poco se fue alejando sin despertar sospechas, agradeciendo el café que le habían ofrecido y que había bebido. Se me ocurre que esas confusiones serían más que comunes; el enemigo hablaba la misma lengua, se vestía de manera similar, en ambos bandos habían combatientes civiles, y otras similitudes más. No era fácil tarea saber con quién se estaba.

 

El polizón

 

Un polizón es ese ser que viaja de manera clandestina arriesgando su vida. Las leyes internacionales los protegen del maltrato que puedan recibir al ser descubiertos, pero deben ser entregados a las autoridades del puerto de arribo. Historias de polizones hay muchas; recuerdo haber referido ya una muy fuerte en las crónicas de África (ver “África Mía”), continente donde los escapes de esta forma son moneda habitual. Retomando el tema de los polizones, contaba el Capitán del Tacuarí, a quien apodábamos “el Marqués”, que una vez apareció uno abordo (no recuerdo si uruguayo o argentino) durante un viaje desde el Río de la Plata con destino al norte de Europa, ruta habitual de la empresa naviera. El viajero ilegal se mostró soberbio ante el Capitán. Hizo recordar con total pedantería lo que dicen las convenciones internacionales sobre los polizones, exigiendo respeto y cuidado de su persona y de paso amenazando con denunciar al barco si no era bien tratado abordo y si lo obligaban a trabajar, cosa que no estaba dispuesto a hacer. Ante tal actitud, optaron por no provocar su ira; le designaron un camarote y un lugar en la mesa del comedor hasta ser entregado a las autoridades portuarias. El primer puerto a atender era Hamburgo en Alemania, situado sobre el río Elba. El ingreso a este activo lugar se hace por el río y se tardan algunas horas. Una lancha de la policía alemana se arrimó al barco en procura del polizón. Lo pasaron a la lancha, lo vieron discutir de malos modos con los policías; les debe haber dicho algo parecido a lo que dijo cuando lo pillaron, solo que esta vez se lo decía a la autoridad policial alemana. La respuesta fue inmediata. Le dieron un soberano sopapo que lo hizo caer de geta en la cubierta de la lancha. Allí se le terminó el reclamo y la bravura. Es que la policía en Europa no tiene muchos miramientos que digamos; cuando viene primero pega y después pregunta.  

Pero el verdadero polizón al que quiero referirme es otro. En el San Nicolás conocí al vasco Soto. Sabemos que Soto no es apellido vasco, eso está claro. Pero él había nacido en Bilbao y de allí que se sintiera vasco, aunque el vasco Lejarcegui, el Capitán del buque, le dijera que era asturiano. No vivió la guerra pero sufrió sus horrores al punto que con veinte años decidió correr una aventura temeraria: viajar de polizón a América en busca de un futuro laboral que en su España natal no se vislumbraba. Por aquel tiempo muchos lo intentaban no siempre con éxito. Sucedió pues que en la bahía (no sé cual) estaba fondeado un lujoso crucero argentino que cubría la línea del Atlántico entre Europa y Sudamérica. Para llegar a él juntó los pocos duros que le quedaban y con ellos pagó a un hombre para que lo arrimara con su bote a remo, a la imponente nave. La idea era trepar por la cadena del ancla y así lo hizo. Pero entiendan lo peligroso que es hacer esto. Las cadenas salen al exterior del barco por un ducto cilíndrico de dimensiones variables según la nave (promediemos en 3 metros), llamados “escobenes”. En algún momento Soto quedaría con su cuerpo metido completamente dentro de ese ducto. ¿Qué hubiera sucedido si en ese preciso instante el barco bornea? Bornear es un movimiento que realizan las naves cuando están fondeadas (o ancladas) y cambia la dirección del viento. Como consecuencia la nave cambia su orientación girando sobre la cadena, buscando que la proa se presente al viento. De tal modo, la cadena se hubiera movido dentro del escobén apretando contra sus paredes el cuerpo del pobre emigrante. Cuando me refirió esta historia, Soto confesó haber titubeado en el instante de iniciar la trepada, al punto que el botero arrendado le dijo: “-mira chaval ¿lo haces o no? Porque yo quiero volverme a la casa” . A pesar del peligro se animó y trepó y felizmente abordó en forma  clandestina la nave sin mayores contratiempos. Se escondió en uno de los botes salvavidas y allí pasó unos días alimentándose de la ración de emergencia y haciendo sus necesidades fisiológicas en un tarro que luego vaciaba por la borda hasta. Siguió así hasta que lo pillaron. Un descuido que tuvo fue la causa; es que en una de las noches que salió de su improvisado alojamiento, encendió un cigarrillo y en la oscuridad resaltó el resplandor del fósforo. No era la primera vez que lo hacía, pero como dice el refrán: “tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe”; como todo iba bien creyó que todo iba a seguir bien según sus planes. Pero esa vez lo vieron desde el puente de mando y el Oficial de Guardia mandó gente a ver qué ocurría en ese bote que mostraba extraños resplandores en plena noche. Terminó declarando en el despacho del Capitán. Este lo trató con indulgencia,  pues acostumbrado a la ruta del crucero, sin duda conocía las lamentables realidades que vivían los habitantes ibéricos, y lo normal de querer escapar hacia un destino mejor y de la manera más económica posible, que era viajando como polizón. Inmediatamente fue ingresado como pasajero y le recomendaron en lo posible no hablar con nadie abordo acerca de su situación. Al llegar a Río de Janeiro, la primera escala en Sudamérica, lo desembarcaron con un salvoconducto provisorio y bajo mil recomendaciones de que no contara a nadie esta aventura. Soto entonces salió del recinto del puerto y con unas monedas resultantes de una pequeña colecta entre los Oficiales del barco que le obsequiaron, pidió una cerveza en una posada por allí existente. El dueño del lugar era un gallego que inmediatamente lo olfateó como recién llegado y necesitado de trabajo. Lo vinculó a otros españoles que había en Río y así tuvo una oportunidad laboral y esta historia tuvo un final feliz. Luego de un tiempo llegó al Uruguay donde formalizó una familia. Se convirtió en un criollo más. Era un excelente marinero y como persona muy carismático, por ello no me extraña esa actitud de la oficialidad del buque de ayudarlo económicamente haciendo una vaquita y sin haberlo entregado a las autoridades portuarias como correspondía hacerlo, porque esa es la suerte que suelen correr los polizones. Después de todo él también lo era. Lamento no recordar el nombre de ese Capitán para encomendar su alma a Dios porque hace años que debe haber fallecido. Y quizás también, en estos tiempos que escribo procurando que estas historias no se pierdan, lo haya hecho Soto.

 

El Cuco

 

Al revés de los anteriores, este cuento tiene un final triste. Siendo profesor de Náutica, tuve de compañero por muchos años a un viejo suboficial de la marina a quien apodábamos “el Cuco”. Este señor era el profesor de Marinería y encargado del laboratorio de Navegación. Siempre nos tratamos de “usted”, siempre fue negro (igualito a Don King el entrenador de box) y milico, y fue para mi un honor trabajar a su lado y hasta le otorgué con el tiempo el título de “amigo”. Era un individuo por extremo cortés que aún en tierra guardaba el ritmo de lo que es caminar sobre un barco en movimiento y así se tambaleaba a uno y otro lado como que estuviera en la cubierta de una barca que se balancea a estribor y babor. Cuando subía al ómnibus saludaba al guarda o chofer con un “buenos días”. Algunos funcionarios ya lo conocían y le respondían “¿cómo anda don? (bastante atípico en nuestro transporte ¿no?). No había duda que el hombre radiaba cortesía y buena educación donde estuviera. Siendo joven fue compañero de un cantante de tango oriundo de Las Piedras hoy famoso: Julio Sosa. Llegué a ver las fotos donde ambos vistiendo el uniforme marinero, compartían el grupo en el que el pedrense daba sus primeros pasos como artista. El Cuco tenía muchas anécdotas y era un deleite escucharlo. Está claro que no las recuerdo todas, pero hay una que he conservado por lo insólita. Contaba pues que cuando fueron a los Estados Unidos a buscar uno de esos barcos, que cuando ya está en las últimas, o se desguasa o se lo vende simbólicamente al Uruguay (museo viviente de cuanto patacho de guerra hay capacitado para flotar), la comitiva de uruguayos que asistió, hizo uso de la infaltable “viveza criolla” a la que me referí con anterioridad. En una de las ciudades que estuvieron, notaron que podían hacer funcionar los molinetes del subte usando monedas uruguayas de 20 centésimos. Claro que a los dos o tres días de estar allí, apareció a bordo del buque el cónsul uruguayo muy irritado mostrando una bolsa repleta de esas monedas que habían sido recolectadas por los funcionarios del subte y gritando ¡qué vergüenza! , no se les ocurra volver a hacerlo”. Por supuesto, hubo uno que no acató la indicación y en su intento de fraude fue inmediatamente capturado.

El profesor Sosa integraba la mesa de la asignatura Navegación como vocal. Recuerdo que al igual que yo, los alumnos le tenían mucho respeto y estima, y ¿cómo no tenerlo? si la única negrura que tenía era en su piel, porque en lo demás era todo transparencia. Imposible no apreciarlo Cuando cumplió los 70 años de edad, la jubilación fue automática. Esto lo puso en un aprieto económico. No hubo caso, la ley es la ley, aunque el Director le dijo que siguiera viniendo, que trataría de arreglar algo pero que en definitiva no pudo hacerlo. En enero, cuando todos los docentes estamos de vacaciones, cuando el contacto se pierde por un tiempo, falleció el Cuco lejos de todos los compañeros. No tuvimos la menor opción a acompañarlo en la partida de este mundo hacia el otro. Hasta hoy estoy convencido que murió de tristeza. Su vida y su alegría era la docencia, ese diario batallar contra la ignorancia, el preparar nuevos marinos. Al igual que a Don Quijote, el obligarlo a deponer las armas fue el comienzo de su fin. Varios profesores de la Escuela, tuvimos la idea de bautizar el aula de Navegación con el nombre del Cuco. La propuesta tuvo éxito y así la sala de Navegación de la Escuela Técnica Superior Marítima, lleva hasta hoy el nombre de  “Alfredo C. Sosa”. La letra C es la inicial de Ciriaco, nombre que no apreciara mucho y que por cierto no se lo recordábamos. Decía llevar ese segundo nombre por ser descendiente del legendario militar de la guerra… (no recuerdo cual): Ciriaco Sosa. Un 19 de junio, luego de que los alumnos juraran la bandera, descubrimos una placa en honor del Profesor Sosa. Y aunque posteriormente fuera arrancada (dejemos de lado el por qué) y guardada en el escritorio del Director, donde aún está, todos los años al comenzar las clases, cuando recibo a los nuevos estudiantes, les refiero el origen y trascendencia de ese nombre. La placa estaba cubierta por la bandera uruguaya, que le fuera obsequiada a la familia del difunto al finalizar la ceremonia. Así la Escuela se quedó sin bandera para el próximo acto, de puros bestias que somos; porque los yoruguas somos así como el “pato criollo”, a cada paso una cagada.

 

Animaladas multiétnicas con cierta comicidad

 

El tío Jesús y otros vascos se juntaban en la casa de uno de ellos, que no era muy lejos de la mía, para jugar al frontón, deporte favorito de esa gente. Una vez dos de ellos apostaron a ver quién llegaba primero en una carrera desde una a la otra pared del mentado frontón. Pero lo cómico es que mientras uno iría corriendo, el otro lo haría en bicicleta. Este último fue el ganador, el que llegó primero, el que llevó los laureles y aplausos y el que se llevó también un tremendo golpe contra el muro, al punto que hubo que hospitalizarlo. Y cuando hablamos de brutos como que siempre pensamos en los gallegos.

Un cuento que una vez el tío nos hizo, era el de un andaluz que había sido contratado por una importante tienda de Bilbao para pintar un cartel en el que se leyera: “Artículos para hombres”. Todos sabemos que los andaluces tienen fama de haraganes, ojo, no lo digo yo, basta con escuchar algunas canciones de los Churumbeles de España. El mentado pintor comenzó su obra al revés, delineó primero las letras y procedió pintando desde el final hacia el principio. En un determinado instante, observó que era hora de almorzar. Dejó el trabajo inconcluso, se fue a comer y volvió luego. La policía lo estaba esperando junto al cartel en que hasta el momento se leía “Artí culos para hombres”. Se lo llevaron en cana por escribir obscenidades.

 

Contaba el Marqués, que la vieja fragata Montevideo iba a llevar a los cadetes navales en un viaje de instrucción. El personal de dicha nave abordaba la misma usando como pasadizo un tablón a modo de planchada, que es como se denomina a ese improvisado puente de acceso a una nave. Al ver que tal cosa no era elegante para una ceremonia de zarpe en esas circunstancias, la Armada alquiló una planchada con barandas, a una agencia naviera. Contaba el marqués, que la ceremonia fue imponente y muy emotiva: la banda tocando la clásica marcha “leven anclas” ; la gente que atestaba el lugar saludaba con sus pañuelos; las gruesas pitadas de la nave anunciando que lentamente dejaba el muelle. Aplausos desde abordo, aplausos desde el muelle…y se olvidaron de retirar la planchada y cuando la fragata se separó del muro, esta se fue estrepitosamente al agua ante el asombro de todos los presentes; y como que de los barcos vecinos se sentían las burlas y carcajadas. Una gran metida de pata.

 

Si a cosas insólitas nos referimos, varios hombres de mar sufrieron penurias resultantes de su ignorancia con los idiomas. Cuando uno baja a tierra en un puerto extranjero, es bueno anotar el nombre del muelle para luego saber dar la indicación correcta al taxista que nos regresa al barco. Aclaremos que hay puertos laberínticos con varios kilómetros de muelles, no como el de Montevideo que es relativamente minúsculo pese a haber sido una de las causas del origen de la ciudad. Un tripulante anotó una vez en Amberes (Bélgica) el nombre que halló escrito en el muro del muelle en cuestión donde atracó su nave y que vio no bien bajó: Verboden te roken. Luego ningún taxista aceptaba llevarlo, se reían y le hacían señas como que estaba loco. Es que eso significa “prohibido fumar”. Y conste que no era gallego sino yorugua.

 

Cierto Oficial de Marina Mercante de por aquí, al enterarse que su buque visitaría el puerto de Nueva York, compró un cartón de cigarrillos uruguayos marca xxxx, para llevarlo de obsequio a un amigo que allá vivía y que sabía era adicto a esa marca y tipo. Al intentar bajar con su paquete, la policía portuaria lo vio y detuvo imperativamente. Le confiscaron los cigarrillos y lo castigaron confinándolo abordo hasta tener un resultado del análisis de laboratorio. Como a los dos días volvieron con el informe y reventando de risa:-“¡Jua Jua Jua! ¿You smoke this in Uruguai? ¡Jua Jua Jua! ¿Sure you smoke this? Como que en la mezcla habían encontrado todo tipo de legumbres picadas, que lechuga, que tallos de zanahoria; lo que menos había en los cigarrillos era tabaco.

 

Estábamos en Houston desde hacía muchos días y la situación prometía muchos más aún. Nuestras visitas a los restaurantes eran frecuentes. Personalmente me apasiona la cocina mexicana. Uno de nuestros marineros venezolanos, bastante ignorante al respecto, fue a una casa de comidas mexicanas con la intención de comprar algo para llevar y disfrutar abordo. Pero los varios nombres típicos lo tenían mareado: que guacamole, que frijolitos, que chile, que enchiladas, que totopos, que tamales, que tacos, etc. Al final pidió su orden decidido: “-voy a llevar bastante chile con un poquito de guacamole”. Regresó al barco con una pequeña porción de puré de palta o aguacate, como se conoce en la zona, y un enorme recipiente de salsa superpicante que terminó repartiendo entre los compañeros, porque ¿qué otra cosa iba a hacer con el aderezo?. Ahí se enteró lo que era el chile.

 

Relataba el vasco Lejarcegui, Capitán de la marina mercante uruguaya, que hubo que traer una vez de Europa a una joven mujer repatriada. Parece que la chica era muy confianzuda y suelta en su forma de ser. Comía en el salón de Oficiales donde todos ya habían caído en la cuenta de su trato nada discreto  y con personas desconocidas. Una vez observó que uno de los comensales, al terminar su sobremesa encendía una pipa. La joven sintió curiosidad y le pidió que la dejara probar, porque nunca había fumado una pipa. El Oficial se disculpó de la manera más cortés que pudo, explicando que no era su costumbre compartir tal cosa. La chica insistió y continuó recibiendo negativas. Parece que en algún momento, el Oficial le solicitó cortante que dejara su mala insistencia. Ella molesta exclamó en voz alta y con el salón lleno de gente: “-Tanto lío por una chupada de pi… “, y lo que dijo a continuación no fue precisamente “pipa”, fue algo parecido, pero no eso. Decía el vasco que todos se levantaron avergonzados y la dejaron sola. Todos menos el viejo Gustavo, que no se inmutó y siguió comiendo como si nada. Hay un proverbio que dice: “la boca habla de lo que está lleno el corazón”.

 

Y aquí terminan estas historias que reitero, no las viví salvo aclaración, me las contaron otros que para mi son o eran personas con suficiente currículum como para confiar en cuanto a relatos se refiere. Espero las hayan disfrutado. Debo confesar que he leído y releído lo escrito, tratando de mejorar la redacción, y de que lo acusado no resulte para nada una ofensa a los lectores. Disculpen las redundancias que puedan existir con algún otro capítulo ya publicado, trato de no contar lo mismo dos veces pero puede que algo ya esté escrito. Si lo sigo releyendo, como que seguiré cambiando la redacción, a la larga para terminar diciendo lo mismo. Entonces que aquí y así queden las palabras escritas. ¡Felices Pascuas!