CRÓNICAS DE VIAJES: En el antes y el después.



EN EL ANTES Y EL DESPUÉS

 

“Para levantar la moral de la tripulación durante un naufragio, dentro del bote salvavidas, es bueno recordar a Dios, el Creador, y también  las anécdotas escolares alegres. Eso ayuda a no pensar en la posibilidad de morir”.

                                                                         Manual de supervivencia de los Fusileros Navales

 

Siempre hay un antes, un durante y un después de las experiencias. El antes fueron mis cinco años de estudio académico, un año preparándome para el concurso de ingreso y cuatro como alumno mercante en la Escuela Naval. El “durante” fueron mis años embarcados, no muchos, porque otra vocación se perfilaba lenta pero firme. Y llevado por ella, el después es mi actual desempeño como profesor de Ciencias, en Astronomía, Geografía y Náutica.

 

Tanto del período escolar como del navegado, coseché numerosas anécdotas de distinto tipo y finales. Esas anécdotas sirven en el aula para lograr la atención de los alumnos, que muchas veces, cuando intento dar comienzo a la clase, están desordenados y bulliciosos de más, sobre todo si son las últimas horas del turno, que suelen ser las más propensas para la inquietud. Es que ya están cansados; yo también lo estoy, pero apechugo ¡qué más remedio! Y tal vez hasta deba seguir la actividad en otro centro educativo. En algún momento surge ese estudiante que tiene la idea brillante de la jornada, que es sugerir que para “distender el tedio”, les cuente una historia de cuando andaba embarcado. Por supuesto que lo hago, pero sin postergar el tema del día. Les prometo cuento o anécdota a cambio de atención y trabajo. Así me reservo los 10 primeros minutos o los 10 últimos y cumplo lo prometido tratando que del relato saquen alguna enseñanza útil.

 

Los cuentos no deben usarse para pasar el rato porque es desvirtuarlos. Quizás sean la forma más primitiva de transmitir enseñanzas y por algo después de milenios aún continuamos repitiéndolos a las jóvenes generaciones. Yo al menos lo hago; mi repertorio, engordado con los años consiste en: leyendas clásicas griegas y bíblicas principalmente; cuentos y fábulas de autores conocidos como Quiroga, Poe, Juceca, Cortazar, Cervantes, Orwell, etc; otras historias que solo yo conozco pues no están escritas en ningún libro ni lo estarán; sus personajes fueron reales pero desconocidos para el mundo, como mi tío Yosu (o Jesús) navarro de origen vasco, veterano de la guerra civil española, que peleó en el bando que le tocó perder y cayó prisionero teniendo tan solo 17 años, o el “Cuco” Sosa, profesor de Marinería, que lo jubilaron por haber cumplido los 70 años de edad y ese verano falleció de tristeza, porque le quitaron su alegría que era la de instruir a los marineros con sus conocimientos de contramaestre. Algunas  narraciones tienen no obstante personajes ficticios que casi siempre encarnan parientes o vecinos bonachones de donde yo vivía siendo niño; estos cuentos son intrascendentes y nada más que para reírnos un poco y concentrar la atención del grupo para poder luego trabajar, y sin embargo así, el alumnado los ha convertido en clásicos como el cuento del queso, el de los tres gordos o el del dedo el sopa entre otros. Se pasan el dato de una generación a otra, al hermano más chico, al primo, al amigo, etc: “Pedile al profe que te haga el cuento de…” Por último está mi anecdotario de los viajes, algo que desde hace un tiempito vengo escribiendo y que fui sorprendido de las muchas personas que se han interesado en leerlo. Mis alumnos disfrutan y encuentran fascinantes todas las narraciones, como las aventuras de Indiana Jones. Me alegro que tengan una utilidad. Pero en muchos casos vivirlas no fue muy divertido que digamos. Con los años lo entenderán.

 

Poco a poco mis padres me ayudaron a descubrir mi vocación marinera; claro es que ellos hubieran preferido que yo fuera marino militar. Confieso que lo intenté pero me decepcionó el ambiente que encontré tras las paredes de la Armada. No era el que yo esperaba, no era lo que había imaginado. En mi familia no hubo marinos antes que yo y por tanto no estaba yo siguiendo las huellas de otro. Al ser un camino nuevo, nadie en casa podía prepararme para lo que vendría. Y al no ser lo esperado, a los pocos días solicité el pase para el sector de los alumnos mercantes, y si eso tampoco me convencía, estaba decidido a irme de allí a pesar del sacrificio que significó salvar los exámenes de ingreso, donde se presentaban cerca de 300 muchachos de los cuales solo entrarían unos cincuenta; eso sumado al esfuerzo y las expectativas familiares que se habían generado tras mi aprobación de las pruebas. Por los años 70, las carreras militares se perfilaban como de muy buen futuro como en su momento fueran las de los bancarios. Bueno, pero no fue mi culpa si no tuve pasta de milico.

 

Hasta hoy la Escuela Naval está ubicada en la rambla de Carrasco esquinada con la calle Lido, próxima al puente que une Montevideo con Canelones. Posiblemente un día de estos se la lleven lejos, dicen que para la base naval de la Laguna del Sauce en Maldonado, porque hoy ese predio donde está asentada, tiene un valor incalculable. Hace unos días la visité. Volví a sentir el olor de los eucaliptos y el rumor del mar y eso me trajo nostalgia de cuando me relacioné con ella por vez primera. El edificio es enorme; la Institución fue llevada allí desde la Ciudad Vieja alrededor de 1968. Ese edificio antiguamente era el Hotel Miramar y luego pasó a ser la escuela de enfermería para terminar siendo la Escuela que yo conocí, con sus paredes de revoque californiano, su seca piscina sobre la rambla que solo una o dos veces usé y su enorme parque donde hacíamos gimnasia y deportes, su gran plaza de armas en la que se desfilaba durante las solemnidades militares y el gran jardín central donde nos sacamos la foto del grupo, junto a la fuente. Lamentablemente el mantenimiento del gran edificio es muy costoso, una vez me explicaron los problemas edilicios crónicos que tiene en cuanto a humedades. Evidentemente si el revoque está hecho con arena salada, ésta absorbe humedad. Inclusive quedó por debajo del nivel de la rambla lo que tampoco la favorece. En lo que era el baldío lindero, hoy existe un lujoso barrio de mansiones. Esos vecinos que supongo pagan las más caras contribuciones inmobiliarias del departamento, deben vivir al ritmo audible desde sus hogares, del clarín de diana, rancho y retreta.

 

Para cursar en la Escuela Naval, primero había que ganar un lugar por concurso que consistía por aquel tiempo en cuatro exámenes: el médico, donde te revisaban hasta la uña más chica y buscaban cualquier excusa para declararte no apto, el físico que solo los muy bolsas (torpes en la actividad física) no aprobaban, el de Matemáticas, escrito eliminatorio y oral (aquí se hacía la limpieza y con qué saña…) y el de Literatura (14 autores) más sencillo pero alguno que otro lo perdía.

Para Matemáticas logré un lugar en la academia del “negro”, un Capitán de la Armada que se dedicaba a preparar a los postulantes y donde el 90 % de los marinos habían recalado con éxito. Lo que aprendí con él hasta hoy lo recuerdo y no puedo evitar el imitarlo en algunas situaciones cuando doy clase. Era puntual y concreto en los planteamientos, nos decía imperativo con su vozarrón de autoridad y mando aunque sin gritar: “hablen con propiedad”. También aprendí de él algo que siempre digo sobre todo en los cursos de náutica: “tanto el que sabe como el que no sabe se equivocan; pero el que sabe se da cuenta y revisa, mientras que el otro sigue de largo”. Nos enseñó a discutir los resultados y dar buenos orales. Si el negro te aprobaba de seguro el examen lo salvabas. Pero supe que no le gustó enterarse mi decisión de cursar para piloto mercante. En algo que le dijo a mis padres tenía razón: la Escuela te forma como mercante pero sin darte trabajo al egresar; eso corría por tu cuenta y sin ninguna garantía de éxito.

El examen de Literatura lo preparé con Miriam, una profesora que el propio Capitán nos recomendara, que era muy bonita aunque para nuestro pesar ya estaba casada con un alférez de la marina, que las casualidades lo llevaron a ser uno de nuestros instructores. Alternábamos las clases: lunes, miércoles y viernes, con el negro, en su academia en el barrio Nuevo París; martes y jueves, con Miriam en el Cordón.  

La última vez que vi al Capitán fue en un supermercado de la Ciudad de la Costa, lo saludé con efusivo apretón de manos; me dijo que ya no preparaba más alumnos, tenía el mismo aspecto saludable de siempre y su ronco vozarrón característico. Hablamos un poco de gente conocida en común y luego nos despedimos cordialmente con otro franco apretón de manos. A Miriam por su parte la encontré en un Colegio en el que hace muchos años trabajo y donde cayó como nueva directora aunque solo estuvo ese año. Me costó reconocerla; no era más aquella belleza de la que todos estábamos virtualmente enamorados; el divorcio del que fuera su marido y nuestro Oficial instructor en la Escuela, la había avejentado más de lo esperable. Cuando por fin deduje que era ella y se lo dije, comenzó a llorar no más al mencionar el apellido de su ex esposo. Me dijo: -“Hace mucho que nadie me llama de esa forma”. La ruptura matrimonial se ve que fue terrible. Mis palabras le trajeron recuerdos de otras épocas más prósperas donde en el apartamento de las tías (ya fallecidas) nos recibía a nosotros, esa patota de gandules malcriados que oprimíamos todos los botones del ascensor automático motivando las quejas de los vecinos cuando se detenía en todos los pisos. En enero de 1973 salvé todos los exámenes y obtuve un lugar.   

  

Tradicionalmente, la Escuela Naval nuclea tanto a marinos militares como civiles (los mercantes) para los que son en común las clases de las asignaturas generales como ser: Matemáticas, Física, Inglés, etc. En ambas ramas se prepara gente de cubierta (pilotos) y de máquinas (ingenieros maquinistas). Yo estudié para piloto y como alumno mercante era civil y externo. Dentro de la Escuela la vida era durísima y por algo la apodábamos “la jungla”. Si algo me ayudó fue la juventud de mis 16 años de edad. Los más veteranos suelen tener menos aguante. Padecí el mes de reclutamiento en febrero soportando las más ruines actitudes de los cadetes superiores, que en la Marina uruguaya no se llaman cadetes sino “aspirantes”, así como a los nuevos que van ingresando se les llama “panzas”. Apodar así es común en los institutos militares: por ejemplo en el Liceo Militar los nuevos son apodados “tiernos” y los viejos “duros”, en la marina argentina se les conoce por  “bípedos” o “bisoños”, en la venezolana, “nuevos”, en la Escuela Militar de Perú son los “perros”, y hasta los scouts por su parte denominan a los recién ingresados: “patas tiernas”,  etc. Luego del fatídico febrero donde se rompieron el 97,68% de las ilusiones de los recién entrados, dieron comienzo los cursos y se sumó al ambiente pesado, la pésima pedagogía de los docentes, con excepciones, porque siempre se encuentra gente que apetece de enseñar y lo demuestra. Las jornadas escolares eran agotadoras, de ocho de la mañana a seis de la tarde, y de allí a casa, a cenar y tratar de estudiar algo para el otro día. La rutina  consistía en ir a clase, almorzar a mediodía, volver a clase y alternar gimnasia con instrucción de infantería u otras actividades según el día. Como antes mencioné, los aspectos pedagógicos no estaban bien cuidados por entonces. Deseo no obstante destacar los aportes de algunos docentes como el Profesor Mario Copetti, autor de varios libros de Matemáticas, del cual aprendí a ser prolijo en mis presentaciones. Los pizarrones de las clases de Copetti eran cuadros dignos de los más prestigiosos museos del mundo. Una vez dibujó una serie de líneas que formaban ángulos entre sí; puso el valor en grados de los mismos. Cuando terminó la clase, alguien fue al pizarrón con un semicírculo a medirlos y comprobó que los valores escritos coincidían con los trazados del dibujo. Hasta hoy procuro en mis clases que mis dibujos y gráficos tengan aquel toque de distinción que fascinaba a los alumnos del profesor Copetti.

Uno que nos tuvo una paciencia enorme fue el sordo Benítez, el profesor de Máquinas Marinas que apantallaba la mano para escucharnos, porque los maquinistas suelen adolecer de sordera profesional. Poco le estudiábamos porque la clase era los martes y veníamos de un lunes muy cargado de actividades. Solíamos escribir un “trencito” con el tema del día en el antiguo pizarrón de tiza, para ayudarnos en el oral obligatorio, pues al ser dos alumnos: Ariel y yo, no había forma de esconderse. Luego de escrito el tema con jeroglíficos, borroneábamos la tiza y rellenábamos los espacios vacíos con diagramas ridículos para distraer la atención. Cuando pasábamos al frente, dábamos la clase mirando el trencito. Como todo, el sordo comenzó a sospechar hasta que un día nos cagó. Pero Benítez era de esos profes que procuraban una buena educación; gracias a él conocí la Central Batlle de UTE y otras instalaciones por el estilo, pues nos llevaba de visita didáctica fuera de la Escuela. Se interesaba por nuestro aprendizaje. Todo un grande que merece ser recordado. Y de los malos, mejor no hablar.

 

Cuando se largaba a llover festejábamos porque se suspendía la gimnasia y nos íbamos antes. Pero la suerte solía estar en nuestra contra: en general a las cuatro de la tarde, el cielo se desencapotaba y salía el Sol; teníamos nuestra clase de gimnasia entre los charcos del desparejo pavimento de la plaza de armas, que íbamos secando poco a poco con nuestras blancas ropas mientras hacíamos lagartijas y otras flexiones mazoqueantes por el estilo. Cuando terminaba la clase, a las cinco y media, de vuelta llovía y volvíamos a casa empapados bajo agua. Como que el tiempo y los milicos se ponían de acuerdo para jodernos. ¡Era cosa de Mandinga! Desde nuestros alojamientos a la parada del ómnibus en la rambla había como dos cuadras peladas sin ningún resguardo. Para peor, el 306 a veces ya salía lleno del puente de Carrasco. ¡Qué ómnibus de mierda! Esa condición me hacía sentir miserable.

No se extrañe el lector de lo común que eran las rabonas a la clase de Educación Física. Pero como todo en este mundo, cuando nos pescaban ausentes, nos caía la “tipa” (la sanción o arresto). Y tristemente a veces pasaba. Esperábamos pues que pasaran la lista y luego intentábamos desaparecer. Eso era la primer parte de la fuga y no aseguraba éxito. Ya en los alojamientos podía sorprendernos una ronda de la Guardia, así que había que bañarse y vestirse a todo vapor y mandarse mudar más rápido que Flash. Aún así en la parada podía haber otro de los instructores esperando el ómnibus, o yéndose a casa con su coche; si se avivaba nos daba la captura y nos mandaba en cana. Por eso nos escondíamos detrás de la caseta de guardia  que había mismo en la parada, cada vez que salía un vehículo. Podíamos irnos caminando hacia el Hotel Carrasco, pero en esa rambla no hay donde guarecerse más que entre los tamarices de las dunas, que quedan en la vereda contraria y esa playa era solitaria y de mala reputación pues muchos cirujas y degenerados la frecuentaban, así que no convenía. ¡Cuánta adrenalina!

 

 

Entre nosotros los alumnos civiles, había también un trato jerárquico aunque no tan rígido como entre los militares. No obstante se daban en ocasiones situaciones desagradables de desobediencias y de abuso de poder. Aprendí entonces que el mando debe ejercerse con sabiduría, de lo contrario es autoritarismo. Comprendí los elogios que hace el rey Salomón de la Sabiduría, y por qué la prefirió antes que los cetros y riquezas. Entre nosotros había una sustanciosa diferencia de edades y de madureces, y eso traía desencuentros.  Me arrepiento hoy de algunos procederes que tuve, y espero que otros se arrepientan también de los suyos.   

 

La banda practicaba los martes en el parque. No sé si lo sigue haciendo. Los vecinos del barrio de las mansiones, aparte de sufrir el clarín, gozarán de música militar de fondo. Un día llevé un grabador y registré la práctica. Luego escuchamos la grabación y los músicos quedaron sorprendidos de lo poco que se notaban los errores. Pero el Director de la Escuela me vio y al no interpretar mis movimientos, mandó un guardia a detenerme. Me pegué un susto terrible, pero no hubo arresto. Bueno, creo que el hombre entendió que no había nada de malo en admirar la música; después de todo, a los 12 años me recibí de profesor de acordeón a piano y hasta ahora (y aunque perdí medio dedo en la mano derecha) sigo tocando teclado electrónico y animando alguna reunión de amigos de vez en cuando.

 

El 19 de junio de 1973, los nuevos alumnos estrenamos por primera vez y oficialmente el uniforme “de primera” de las marinas Militar y Mercante. El mío era de color azul marino, con botones dorados y gorra blanca. Hoy el uniforme es negro, aunque el mar sigue siendo azul, ¡un horror! Me sentía importante vistiéndolo, tal vez por lo mucho que costó el derecho a lucirlo. Una semana después fue el golpe de estado, justo el día en que mi padre cumplía años: el 27 de junio. Esa mañana tomé el ómnibus como todos los días; el insufrible 306 con destino al Puente de Carrasco, que no todos llegaban hasta allí y al que yo llamo hasta hoy el “Arca de Noé”. Me encontré con la gente de siempre y como siempre iba atestado de pasajeros, que no cabía un alfiler. Me bajé como siempre en la puerta de la Escuela junto a un montón de maruchos (marineros) y luego de entrar, cambiar la ropa de calle por el uniforme de cuartel y asistir a clase, empecé a enterarme de que algo no andaba nada, nada, nada bien. Cerca del mediodía el alférez encargado de nuestra brigada civil nos llamó y nos trasmitió las órdenes de los jefes; nos dijo que nos retiráramos del área naval y esperáramos novedades en el domicilio; nos dirían cuando volver. Por el contrario, los aspirantes fueron acuartelados. La ciudad estaba paralizada. Llamé al viejo por el teléfono de la guardia para que me fuera a buscar pues no había transporte alguno. Al cabo de un largo rato apareció con la combi VW que usaba para repartir chacinados. De paso llevó también al Tito (hoy Capitán Julio Larrosa), que era vecino nuestro, y a un aspirante que ese fatídico día tenía consulta en el Hospital Militar. Durante algunos días todo permaneció quieto. El domingo hubo más movimiento de gente que tímidamente salía a pasear aprovechando el Sol de invierno, y el lunes comenzó algo que acabaría como una década después.

 

Tras los muros de la Escuela la dictadura no se sentía. Más bien sufrí algunos de sus excesos después de egresar ya incorporado al mundo del trabajo. Pero mientras, vivíamos padeciendo los cotidianos atropellos de los milicos, como era la costumbre por ser los alumnos civiles una etnia minoritaria en la Marina. Estábamos acostumbrados; era parte del juego de supervivencia. A ellos les fastidiaba tener en el claustro, una tropa de civiles para los cuales solo la mitad de las acciones los alcanzaban. En efecto, nosotros no vivíamos acuartelados, pocas veces hacíamos instrucción de infantería (más que nada nos mandaban como castigo cuando violábamos alguna regla disciplinaria  importante), no desfilábamos en las fechas patrias, los brigadieres no tenían potestades disciplinarias sobre nosotros y el ir y venir a diario, era un descongestionador mental formidable, aún padeciendo las miserias del 306 o del 104. Era evidente que nuestro desquite consistía en despedirnos con una sonrisa sardónica en el “hasta mañana” advirtiendo lo que pensábamos hacer al llegar a casa, aunque fuera una boludez como la de mirar la tele “propia” en el cuarto acostado. A posterior de recibidos los mercantes juntaríamos una experiencia náutica muy superior a la de los militares y las posibilidades económicas serían más amplias y mejores.  Teníamos sí en contra el no cobrar un sueldo y egresar sin garantía de éxito laboral. Este país siempre tuvo pocos buques pese a la gran costa favorable para la Navegación e instalación de puertos que posee. La propaganda política del Frente Amplio en la campaña del 71, resonaba “… y solamente dos barcos”. Uruguay es un país que por mirar hacia el campo, ha dado sistemáticamente la espalda al mar al punto que hasta perdió recientemente la posibilidad de ampliar sus aguas marítimas territoriales. Pero los Oficiales mercantes uruguayos eran contratados en empresas extranjeras varias, así que mientras aprendíamos la carrera la meta era irse para el exterior, desoyendo las voces de mala onda de algunos compañeros militares que te decían: “te vas a morir de hambre”. Tal como fuera calculado, me fui a trabajar al extranjero unos años.

 

Al ser alumnos externos, no teníamos un camastro donde reposar la fatiga, así que había que improvisarlo con sillas en hileras o el estante superior de algún placard, donde era común encontrar a alguien durmiendo. Pero en el fondo los milicos nos daban poca importancia y hasta estuvimos aislados del resto de la Compañía de alumnos por algún tiempo en unos derruidos alojamientos lejos de todo, hasta ahora me pregunto por qué pero presumo que algo grave debió haber ocurrido en el cuerpo de alumnos militares, que nos separaron para no involucrarnos. El período escolar tuvo para mí como todo, sus frutas verdes y sus maduras. De ese entonces recuerdo algo bastante gracioso: el “Quecho” (le decíamos Quecho que quería decir “Qué choto”) había comprado para cerrar su ropero un candado de combinación de tres rodillos. Al otro día ya todos sabíamos la combinación del mentado candado, que se convirtió en un fierro inútil. Un compañero giró los rodillos un buen rato hasta que logró abrirlo. Desde entonces el ropero del Quecho se hizo público. Hasta le escondieron el candado en otra ocasión y no podía irse a casa porque no lo encontraba. Estaba colgado de la lámpara justo encima de su cabeza. Todo el tiempo estuvo dando vueltas sin mirar para arriba.

 

Entre lo doloroso nunca olvido a otro compañero que perdió de golpe toda su buena fortuna. El “Cabezón” (imaginen el porqué del apodo) estaba en la clase del Quecho y de “Susanita” (mote que este tercer compañero recibía por chismoso, evocando al personaje de la tira de Mafalda), una promoción de pilotos un año posterior a la mía. Era un tipo con buenísima suerte. Todo le salía espléndido mientras que a los otros mal. Cuando se rateaba, seguro que ese día nos tipeaban por algo y él al no estar, no era acreedor de la sanción. Cuando todos nos rateábamos y por presentimiento él se arrepentía y concurría, seguro había control de asistencias y todos menos él resultábamos tipeados por haber faltado. Al finalizar los exámenes del tercer año, que su inteligencia le permitía aprobar sin mayores dramas, se embarcó para Europa como aprendiz sin autorización de la Escuela. Los milicos se calentaron muchísimo. Pero nosotros apostábamos a que con su buena suerte nada malo iba a sucederle cuando regresara. Estábamos convencidos de que no habría consecuencias para su osada aventura. ¡Carajo, cuánto nos equivocamos! Tres meses después el barco llegó a Montevideo. El Cabezón fue citado a presentarse en la Escuela, era el mes de enero o febrero, no recuerdo bien, pero los que lo vieron cuentan que los fusileros navales lo metieron a prepo en un camión a punta de bayoneta. Como cuatro meses después, sus compañeros de curso fueron llamados a declarar al Comando. Estaba acusado de actividades subversivas. Posteriormente en un barco, un compañero en común me comentó que lo tuvieron como tres años (o hasta seis) en el cantón de los fusileros hasta que lo largaron. En el viaje a Europa tampoco le había ido bien; pintando una toldilla se cayó al agua, y pudieron rescatarlo gracias a una pasajera que lo vio caer y alertó sobre el hecho. Nunca más volví a saber del Cabezón.

 

Pero todas las libertades que tuve como alumno civil, las perdí cuando egresé y embarqué por primera vez. Luego de tres años y medio de estudios, el alumno mercante debe embarcar a hacer sus prácticas. En mi caso lo hice en el buque Tacuarí de la empresa Gasmar, hoy desaparecida. Un aprendiz de piloto es lo que se llama un “pilotín”. Fue empezar de nuevo, volver a ser el “panza” del grupo y ¡cómo me lo hicieron sentir!. Hasta el mozo cuando me servía el café del desayuno, me daba una taza que una vez tiempo atrás, había tenido un asa. El viaje que se suponía era de tres meses se estiró a cinco. Allí fui aprendiendo cómo eran las realidades de abordo. Cuando un milico mete la pata se lo arresta; cuando la mete un civil se lo echa. El mando abordo tenía su muy delicado protocolo y yo debía aprenderlo. Y el tiempo pasó. Durante la dictadura si no se conseguían relevos suplentes se cubría el cargo con un militar que permanecía seis meses en el mismo. Esto contribuyó a empeorar la desocupación pues esa vacante originalmente destinada a un Oficial civil, por seis meses no se accedía a ella. Así que trabajo había pero no había. Medio paradójico.

 

Regresé a la Escuela como profesor de Navegación con los primeros años de la recuperada democracia y estuve en ella cuatro años. Tuve que vestir saco y corbata y hasta rasurar mi roja barba porque sabía que a los milicos de aquel entonces no les gustaban los barbudos. Me asignaron la clase de Navegación y tuve que ponerme a estudiar. La Escuela es esa institución que amás y odiás a la vez. Es capaz de alegrarte la vida y hacerte sentir que eres útil en tu profesión aunque estés en tierra, como de hacerte los peores desplantes. En un momento me quedé sin alumnos pues los cursos de pilotos en general son poco poblados; mismo que yo cuando me recibí no tenía más que dos compañeros maquinistas. Así que no me extrañó que me mandaran a casa por falta de materia prima. Lo feo fue que otros años hubo alumnos y no me reintegraron.  Hace unos días, después de 20 años, me llamó un colega que trabaja en la división mercante de la Escuela, me pidió que mandara un currículum. Me estarían precisando para ayudar a tomar los exámenes. Quien diga que Dios no me tenga un regalito guardado para mi veterana edad antes de jubilarme y vuelva yo a ser uno de los profesores de la Escuela Naval. ¿Qué ocurrirá con el personal civil y los alumnos externos si se la llevan  para otro sitio lejos de Montevideo? Todo eso ocurrirá vaya a saber cuando pero seguro que será motivo de nuevas anécdotas.