CRÓNICAS DE VIAJES: En la pesca del atún.



En la pesca del atún

                                                                                           

                                                                                    Por Prof. Fernando Albornoz

 

-Vamos ven -dijo el viejo en voz alta-.Da otra vuelta. Da otra vuelta. Ven a olerlas ¿verdad que son sabrosas?. Cómetelas ahora y luego tendrás un bonito. Duro y frío y sabroso. No seas tímido, pez. Cómetelas.

                                                                                          “El viejo y el mar”  (Ernest Hemingway)

 

Si quieren saber de experiencias verdaderamente duras, la mayor que tuve embarcado fue en la pesca del atún, actividad que se desarrollaba en aguas territoriales uruguayas y que por tanto, aunque de hecho el barco era japonés, para poder operar lo habían empadronado en el puerto de Montevideo y así ostentaba el pabellón nacional con su Sol incaico de 16 rayos, el pabellón de la República “Oriental” del Uruguay, con tripulación japonesa, y acaso los japoneses ¿no son orientales? Se llamaba Angelina, y era la nave insignia de la flota de tres, de una de las Empresa que permanecieron operando en Uruguay luego de la apertura democrática.

 

Por lo anterior expresado, corría por aquellos tiempos el año 1985. Fue el primer año en democracia luego de varios de dictadura. Con la democracia, los sindicatos que nucleaban a las diferentes categorías de marinos, vieron la oportunidad de exigir al nuevo gobierno, el del Dr. Sanguinetti, que se diera cumplimiento a la ley de pesca vigente en el país. Esta ley si bien admite que un 50% de tripulantes de los buques pesqueros sean extranjeros, exige que el otro 50% sea de uruguayos; porque los pícaros aprovechados asiáticos, no cumplían con ella y a su vez nadie la hacía cumplir, y había bastante gente de mar desocupada por entonces. Así fue como entré en la experiencia de la pesca del atún.

Hubo algunos barcos que ante los vientos de cambio optaron por fugarse mientras que otros, ya obsoletos, eran abandonados en el puerto. Los fugados eran buques coreanos que pusieron rumbo a las islas Canarias y allí abandonaron a los dos o tres uruguayos que llevaban, porque para despachar un buque que enarbola el pabellón uruguayo, su Capitán y Jefe de Máquinas deben ser uruguayos y como que eso era lo único que las autoridades de la dictadura controlaban. Pero algunas Empresas decidieron continuar, al menos un tiempo más, para poder llevarse lo que quedaba de atún en esta parte del mundo.

 

Una mañana en que estaba yo trabajando en la chacinería de mi padre y su socio (Albornoz y Velo SRL), me llamó por teléfono el viejo Capitán Grepi y me preguntó si tenía interés en embarcar en un buque atunero. La decisión por si o por no, debía ser inmediata puesto que el barco zarpaba esa misma tarde. A la corta me decidí a embarcar y siete meses después hice lo contrario, de la misma alocada manera. Me sorprendí de la oferta pues en la lista de candidatos, me posicionaba entre los últimos; los muchos que se anotaron y que estaban antes que yo como que llegado el momento o no estaban disponibles o no se interesaron en ese tipo de embarque. Hacía tiempo que yo, como los otros, estaba atento a los pasos que se daban en las ríspidas negociaciones entre el gremio de Capitanes y las Empresas atuneras que progresivamente se resignaban ante lo inevitable que hasta entonces habían logrado dilatar amparadas por un gobierno no elegido por el pueblo y que por tanto ni lo representaba ni cuidaba de sus intereses: sacar nipones, poner uruguayos. Pero ocurrió: hubo que armar el barco según lo establecido en la Ley. En algún momento en el Angelina llegamos a ser en total 27 tripulantes divididos en dos bandos casi iguales.

 

Dije que fue la más dura experiencia de embarque, porque era un trabajo bien diferente al que yo acostumbraba a hacer, una tarea totalmente mecánica y nada logística, que era para lo que yo había estudiado, pero bueno, era la única alternativa posible en ese momento de apremio económico siendo inclusive recién casado. Aprender las nuevas faenas no fue fácil y no me sentí cómodo haciéndolo y tampoco lo hice muy bien que digamos gracias a esa incomodidad. Había que lidiar todo el tiempo con los bichos que pescábamos, que se resistían tenazmente a la captura; y moverse con gran rapidez para completar la secuencia del grupo, trabajar cada tanto en la cámara de frío acomodando el pescado congelado y cada 3 días se sumaba la calada del arte de pesca (o sea: lanzar el equipo de captura al agua), lo que se hacía por la noche entre las 0200 y las 0500 aproximadamente y para lo cual debía interrumpir el sueño, porque estábamos divididos en tres grupos para dicha fajina que operaban por turno. El arte se recogería posteriormente con lo pescado temprano por la mañana.

 

En cuanto a las características del arte que usábamos, era un gran palangre consistente en 270 boyas, aunque a veces se lanzaban menos, algo así como 240. Entre boya y boya iban 8 líneas o “brazoladas” cuyos anzuelos se encarnaban de la siguiente manera: tres con calamar, tres con caballa, uno con un señuelo de goma que simulaba un calamar, y el último con algo parecido a una sardina que los japoneses llamaban “sanma”. No recuerdo las medidas del cabo madre al que iban unidos las muchas brazoladas, sé que era de varios kilómetros, lo suficiente como para estar, si no había mucho pescado, recogiéndolo desde las ocho de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde. Pero si la captura era abundante, terminábamos a las diez de la noche o más tarde aún.

 

Durante la faena, el trabajo era intenso y pesado, toda una “machina” (como se le dice en el ambiente marino al trabajo exigente, duro y sin tregua) sobre todo en esos 15 días del ciclo lunar comprendidos entre el cuarto creciente y el cuarto menguante, porque la captura de peces se hacía con anzuelos, y muerden más los anzuelos cuanto más luna hay, supuestamente porque al ser de hábitos nocturnos, estos peces ven mejor la carnada a la luz de la Luna, que la hace brillar por la noche, lo que no está del todo científicamente comprobado que sea por eso. En días de mal tiempo se sumaban a la diaria actividad, las rociones de las olas que bañaban toda la cubierta, que era nuestra área de trabajo, de modo que vivíamos la machina bajo una salada catarata. El agua de mar te va agrietando los dedos que de a poco se van poniendo verdes; el someterlos a esfuerzos constantes los ensancha quedando tus manos como atados de zanahorias. Supongo que ya adivinaron que enfrentábamos uno de los problemas típicos de la pesca que son los enredos de líneas comúnmente llamados “galletas”. En el atunero, éstas ocupaban toda el área de trabajo. No terminábamos de desanudar una, que ya estaba entrando otra por la máquina que viraba el palangre, lo que nos malhumoraba y aumentaba las tensiones en las ya de por si frágiles relaciones laborales. A veces las galletas se producían con los artes de otros buques. De seguro que algunos días eran más difíciles de lo que podía imaginarse. Parecíamos “presos de buena conducta” que nos permitían cumplir la condena haciendo ese trabajo en esas condiciones. Pero a la larga sé, que gracias a esa etapa de mi vida, adquirí tenacidad y carácter para enfrentar situaciones difíciles y económicamente me fue muy bien. Los pescadores perciben su ganancia “a la parte”, o sea según lo que se pesque. De tal modo, las piezas capturadas eran pesadas y registradas en una planilla que se publicaba al terminar la jornada. El Capitán, el Jefe de Máquinas y yo, por el contrario, teníamos un salario fijo independiente de la mucha o poca captura.

 

Confieso que extrañaba el dictado de clases pero no sabía que tan posible era volver a eso; el primer año en democracia era confuso en el ámbito educativo según las noticias que me llegaban, porque captábamos emisoras de radio uruguayas.  Así que durante siete meses (3 viajes mas períodos de conflicto cercanos a un mes) tuve que aceptar esa situación. Mi rol abordo como 3er Oficial no estaba nada definido; el Capitán uruguayo estaba pintado al óleo; solo existía para los aspectos legales administrativos que exigía la bandera uruguaya, así que nada podía esperar de él. El verdadero comandante de las acciones era el Maestro de Pesca, el respetable Sr. Koyano, que para mi buena suerte, era todo un caballero y excelente profesional con el que mantenía muy buena relación. Siendo yo el tercer Oficial, trabajaba todo el tiempo en la cubierta igual que un grumete y hasta me habían alojado en un camarote que por mi rango no correspondía, si bien los otros ocupantes  también uruguayos, eran en el aspecto de compartir el habitáculo, educados y respetuosos de la privacidad y mantenía con ellos una relación cordial.

 

Al ser el personal, gente de dos orígenes diferentes, la convivencia por momentos se hacía compleja. Es natural que cada uno tienda a tirar para su bando. Pero procurando ser objetivo, los japoneses resultaban ser gente generosa pues les gusta compartir, pero de trato  difícil debido a las diferencias culturales. Pretendían solucionarlo todo con gruñidos y a los golpes. Pero se encontraron con que los uruguayos, lejos de ser sumisos, como los indonesios, también sabían pegar, y más de un nipón se llevó un buen castañazo. Esa era la credencial que garantizaba el respeto: una buena trompada, como patada de burro. En el Asia monzónica, el escalafón humano sitúa en el primer lugar al japonés y en el último al indonesio, que muchas veces recibe castigo físico si se equivoca en el trabajo. Batallando los puestos intermedios se ubican: taiwanesas, chinos, coreanos tailandeses, vietnamitas y malayos.  La propia sociedad japonesa es dura e intolerante; no en vano el índice de suicidios adolescentes es altísimo en el país del Sol naciente, y abordo las diferencias entre nipones a la larga, y aunque lo intentaran, eran imposibles de disimular. La rudeza del trabajo en equipo generaba una situación propensa a los roces, igual como ocurre en un partido de futbol que a veces termina a las piñas sin que ello signifique que los otros sean tus enemigos. En dos oportunidades casi me tomo a golpes con los nipones. Yo no era un buen trabajador, era natural y lo reconocí desde el principio, la pesca no era lo mío y recién estaba tratando de aprender algo, pero aún así me debían respeto por ser Oficial. Claro que eso es en teoría. No es fácil ganarse el respeto de la tripulación cuando uno no domina el oficio. Dentro del grupo había un uruguayo-japonés, hijo de japoneses nacido en el Uruguay que obraba de intérprete entre ambos bandos. Era muy joven y se había acostumbrado a tomarme el pelo, seguramente animado por los nipones. Sus actitudes caían incómodas a varios de los uruguayos. Un día decidí mostrarle la otra cara de la moneda, esa que nunca había visto, porque los japoneses no se la habían mostrado y en la que tampoco él víctima de su inexperiente juventud había pensado; le dije: “supongamos que vos y yo fuéramos los únicos a bordo de este barco: yo sé cómo volver a mi casa ¿y vos? También le mencioné que cuando sus amistosos “camaradas” retornaran a Japón, él no los acompañaría, porque ya tienen allí demasiada gente, sino que quedaría aquí, permaneciendo con su iniciada mala fama en el ambiente marítimo uruguayo, que es chico y donde todo se sabe y donde nada queda “entre nosotros”.

 

Cuando terminábamos la faena, algunos uruguayos nos reuníamos en el castillo de proa a fumar y compartir alguna bebida, generalmente whisky nacional. Era ese momento de camaradería donde dejábamos de lado todas las diferencias que pudieran separarnos durante la machina; un momento de verdaderos compañeros. Los japoneses no hacían lo mismo (al menos si lo hacían sería muy en secreto); mas bien fumaban y bebían solitarios en sus cabinas. Ellos gustaban de hacer bromas que te dejaran en ridículo, pero no había reciprocidad, no sabían recibirlas y así se enojaban si se las retribuías. El respeto por las pertenencias de los demás era encomiable; allí no había necesidad de pasar llave a la puerta. Durante la faena fumábamos todos juntos: uno pasaba la cajilla  y sin dejar de trabajar, arrimaba a la boca del compañero el cigarrillo y éste los encendía de otro cigarrillo; los uruguayos nos plegamos a esa costumbre. Sin embargo entre ellos no noté ese vínculo que nosotros solíamos tener, aunque no todos los compatriotas nos acompañaban y alguna rispidez lamentablemente afloraba de vez en cuando. De los nuestros, el más temperamental era el negro Miguel, un enorme mocetón moreno de 22 años, sumamente noble pero de trompada fácil. Eso lo ayudaba a ganarse el respeto entre la gente, pero no a escalar posiciones cuando había vacantes en los cargos superiores. Porque sabido es que los que mandan deben hacerlo con autoridad y sapiencia, y no con golpes de puño y autoritarismo.

 

De ningún modo pienso que los hijos del “orto solar” fueran mala gente. No lo eran, claro que no; solo padecían ese mal de todo marino de tener que padecer laboralmente lejos de su patria y de los suyos, y en este caso con el agravante de hacer un trabajo rutinario y de confinamiento, para nada agradable, que los tenía algo trastornados. Por lo menos los uruguayos cada dos meses nos reencontrábamos con la familia, escuchábamos noticias en la radio y hasta podíamos hablar o hacer llamadas telefónicas; ellos recibían un diario por fax. Algunos japoneses no pensaban regresar a Japón. Por ejemplo Kinoshita hacía cuatro años que vivía en Uruguay, ya tenía hijos uruguayos y hablaba bastante bien en español. Era el que mejor alternaba con los uruguayos y hasta lo escondimos en nuestra cabina cuando Tadami, el contramaestre nipón, lo buscaba algo bebido para continuar una riña que estallara entre ellos durante la faena del día y en la que varios (yo inclusive) procuramos cortarla interponiéndonos entre ambos. Kinoshita gustaba de la comida criolla. Una vez me robó alevosamente del plato, la milanesa que me había servido y en su lugar descargó los arrollados de arroz del suyo, que lo tenían harto. Se reía ante mi sorpresa con risa estridente y burlona, mostrando su pareja dentadura. Había una fuente llena de milanesas en la mesita contigua a la que usábamos, pero debía cuidar de no ser visto por Miura, el cocinero nipón, así que mejor quedarse con la mía, y que yo me levantara a servirme otra. Lo interpreté como una clara señal de compañerismo, “a la japonesa”. Me sorprendí cuando al yo preguntarle sobre cual país era más tranquilo, respondió que Uruguay lo era más que Japón, pero es algo lógico: a más gente, más líos.

 

Las mareas (así se les llama a los viajes de ida y retorno al puerto de descarga) duraban unos 60 días donde el único paisaje era el de la bóveda celeste con sus astros, y el mar. Cada dos mareas la carga se traspasaba en el puerto de Montevideo a un barco madre que la llevaba a Japón. Ese mismo barco traía los materiales de equipamiento y parte de las provisiones de boca necesarias para el desempeño operativo de los buques atuneros. Otra parte de las provisiones (un mínimo) se adquiría aquí en Uruguay: combustible, pan, Coca cola, Cerveza, postres de la confitería Oro del Rin y agua potable. Salvo el primero, el resto eran artículos baratos; las bebidas se terminaban al tercer día de embarcadas y el pan y los postres se congelaban en las cámaras de frío. A mi me quedó el sabor de que durante la dictadura, estos emprendimientos de pesca se llevaban el atún de nuestras aguas a cambio de dejarle muy poca ganancia al estado. Espero no ocurra, ahora que vivimos en democracia, lo mismo con Aratirí y la explotación del hierro.

 

Visité Japón con el Santa Teresa; hermoso país para conocer, pero no querría vivir allí. Está bien que una sociedad viva organizada, pero en el caso de Japón, esa organización es más que eso que entendemos por  “estricta”. Escuchen esto: un día esperaba yo el ómnibus en una parada donde según el cronograma de horarios publicado, debía pasar por allí a las 1520 hs. Faltando 3 minutos ningún vehículo transitaba la solitaria calle que corría por el costado del puerto de Yokohama. No me pregunten cómo ocurrió pero a la hora indicada el bus estaba ahí; parecía haber salido de la nada; si lo cuento es porque hasta hoy me sorprendo de esa anécdota.

Japón es un país donde hay sitios de diversión exclusivos para japoneses, no se permite la entrada a extranjeros. De noche deambula gran cantidad de gente ebria. Es un país de tradiciones orientales donde se vive a lo occidental, todo un choque de culturas. Nadie viste kimono, pero sí el traje con corbata. Hasta los juegos y divertimentos resultan violentos; la televisión nipona (idéntica a la norteamericana), mostraba una competencia entre equipos que se deslizaban por la nieve de una montaña en sendos troncos enormes; en cada tronco iban como diez concursantes montados al estilo de un “banana boat”. El deslizamiento de los troncos se perdía en algún momento y estos rodaban montaña abajo sin control, despidiendo lejos a algunos de los participantes  y arrollando a otros. Toda una brutalidad. También la TV mostraba cómo los guardaespaldas de un personaje político, espantaban a cachetazos a los periodistas que lo asediaban.

 

En aquel entonces en Japón no había casinos; las casas de juego no pagaban premios en dinero sino con menudencias similares a la de una kermés a beneficio de la escuelita del barrio. Así que los nipones del barco atunero, disfrutaban enormemente de la ruleta aquí en Uruguay. Y así estaban las cosas: yo como Oficial del Angelina en medio de los orientales asiáticos y de los orientales la patria o la tumba.

 

¡Qué mal que comíamos en el primer viaje! El cocinero japonés, el Sr. Miura (Miura San), poco sabía de cocina; más que nada abría cajas de congelados y las servía a su gente luego de haberlas pasado por el microondas. La ración japonesa era básicamente arroz y pescado con algunos vegetales, algas disecadas y fideos. El arroz aparecía en sus múltiples formas de presentación. A los uruguayos nos daba carne mal cocida y fiambres. Recuerdo que un día la cena consistió en cuatro fetas de paleta sandwichera (llamado también jamón de ternera). Imaginen el efecto sicológico que causó ver el plato luego del rigor de la faena que seguiría aún a posterior de haber comido. En esas condiciones empezamos a decaer físicamente. No teníamos fuerza y el cansancio nos vencía (a los que no teníamos músculos como los de Tarzán). Ya para el segundo viaje embarcaron un cocinero uruguayo y la cosa cambió. Los nipones comían de lo nuestro a escondidas del cocinero japonés, porque aunque no lo dijeran, también pasaban hambre. Estaban encantados con las milanesas. De hecho Japón tiene como punto débil la alimentación; recuerdo que en una carnicería de Kobe, el precio de un kilo de carne de vaca era de U$ 41.

 

Si bien el propósito del barco era pescar atún y pez espada, era inevitable que otras especies mordieran los anzuelos. El caso del tiburón no era tan malo porque había un aprovechamiento: le cortábamos la cola y aletas, las colgábamos a secar y se vendían en puerto, destinadas al arte culinario asiático, y así teníamos un bono extra en el sueldo que llegaba a los U$ 300. Eso si, había que tener cuidado porque los escualos muerden aún después de muertos. Los peces martillo eran todo un espectáculo: saltaban hasta medio metro en la cubierta, con malhumor, no siendo tan peligrosa su mordida como sí algún golpe que pudieran darnos; había que montarlos y acuchillarlos en la nuca, cosa que yo no hacía por inexperiencia, pero que tal vez con el tiempo lo hubiese hecho. Es que los peores accidentes se dan cuando actúan los novatos. Otros peces complicaban la jornada, caso del pez luna (o “mambo” como lo llamaban los japoneses) y el tiburón zorro (chuta). El primero puede llegar a ser tan grande como la rueda de una carreta, no es comestible, y el segundo es un bicho enorme que mueve con fuerza su enorme cola y de un golpe puede quebrarte una brazo o una pierna; lo patético era que dicha cola no era comercializable, así que traerlo abordo era todo pérdida. Pero había que hacerlo porque la orden era recuperar el anzuelo cosa que en algunos casos era simple pues bastaba cortar la boca del pez en el punto de enganche, mas en otros era necesaria toda una autopsia, esto ocurría con los tiburones cuando tragaban la carnada, y el anzuelo había que buscarlo en el estómago. Existen muchas especies de tiburones y no todas son peligrosas. Digamos que el grado de agresividad de un escualo está en relación directamente proporcional al tamaño y cantidad de dientes. De tal modo, mientras el casón es inofensivo, otros que tienen el hocico semejante al de un perro dóberman, son en extremo peligrosos. Algunos tiburones se faenaban aunque su carne no es de buena calidad. Que en la feria no te vendan “sarda”, y si deseas atún debes pedir “albacora”.

 

La captura de un atún grande podía llevarnos hasta 40 minutos desde que notábamos su enganche en la línea hasta que lo subíamos abordo. El escurridizo pez al sentirse enganchado, lucha y corre a gran velocidad hasta que se cansa; ahí es que se lo intenta traer abordo cobrando de la línea. Pero de súbito se revela con una nueva corrida que obliga a dejarlo ir, igual no puede escapar gracias a que el anzuelo se lo impide, entonces otra vez se cobra la línea para traerlo. Hay que tener paciencia; entre corridas e intentos de subirlo abordo, como dije antes, lleva su tiempo y esfuerzo. No quisiera saber qué me hubiesen hecho si dejaba escapar uno de esos atunes grandes.   

 

Como dije antes, el Angelina pescaba junto a los otros dos buques atuneros de la Compañía. En uno de ellos estaba mi viejo amigo el Tito Larrosa  como Capitán. Nos habíamos tomado la costumbre de hablar por radio a eso de las 2000 hs a diario una vez que la faena había terminado. Pero un día, Tito me dijo: “Fernando, no voy a hablar hoy porque aquí el maestro de pesca japonés anda ovárico. Al otro día, una lancha de la Armada custodiaba la nave de Tito; los japoneses se habían amotinado y trancaron los accesos a la timonera y a la Sala de Máquinas. Tito solicitó ayuda por radio a la Prefectura desde la Sala de Radiotelegrafía que no había sido tomada, y ésta mandó una lancha con una dotación armada a detener la nave. Esta desobediencia japonesa le costó una fortuna a la Empresa. Tito accedió a dejar su cargo a cambio de una suculenta indemnización económica, luego de un mes de parado el barco y así los nipones rebeldes pudieron regresar abordo. Tanto los japoneses de mi barco como los del otro de la flota, no se plegaron al conflicto.

 

En algún momento entendí que debía bajar del atunero; me tenía harto no tanto el rigor laboral sino el  intrincado conflicto de intereses generado por los distintos grupos conformados tanto abordo como en tierra: marineros uruguayos, tripulantes nipones, maquinistas, la Empresa, los Sindicatos, y el perder los beneficios logrados el día anterior y tener que volver a pelearlos al día siguiente, tal vez para seguir perdiéndolos y tener que seguir peleando lo que se sabe, se sigue perdiendo. Sobre todo, estaba cantado que en algún momento se librarían del Capitán y del Piloto uruguayo (o sea yo), que serían sustituidos por Patrones de Pesca. Es que durante la dictadura, nuestro gremio había permanecido activo bajo la denominación de “Asociación Cultural Profesional”, mientras que otros estaban clausurados y por tanto a la fecha no gozaban de solidez como la nuestra. Quede claro en esta crónica mi mayor respeto por los Patrones de Pesca; profesionales que se educan en la Escuela Marítima de UTU, en la que hace 25 años integro el cuadro de docentes como profesor de Navegación y Maniobras Marinas y hasta soy miembro de un tribunal permanente que juzga sus solicitudes para ascender de categoría.   

La noche anterior a la partida, llamé al Capitán por teléfono y planté todo. Que me disculpen pero la situación me superó. Dos o tres meses después sucedió lo predecible: sustituyeron al Capitán por un Patrón y también eliminaron al 3er Oficial y al Radiotelegrafista. La jugada me salió bien. Estuve en el seguro de paro hasta que regresé a las aulas. Pero como la vida en Tierra también tiene su dureza, con los años tuve que regresar a navegar. Las interminables reformas educativas de los democráticos gobiernos de turno, efectuadas por quienes aspiran a que se cuelgue su retrato junto al de José Pedro Varela, amenazaban con convertirme en desocupado  De tal modo volvería al mar unos seis años después para vivir otro tipo de aventura esta vez en un barco con bandera de conveniencia llamado Dea.